Los diablos rojos se juegan el alma por el bicampeonato ante un rival que no conoce la derrota

El escarlata vuelve a temblar este domingo. Tras una semana de altibajos, los Diablos Rojos del México afrontan la final de la Baseball Champions League Américas con la misión de revalidar un título que ya saborea a gloria y a negocio. Frente a ellos, los Kane County Cougars han desfilado por el torneo como quien pasea un récord perfecto: cuatro triunfos, cero derrotas, cero misericordia.

La máquina roja arrancó con pinchazo

La semana comenzó con un escozor. La derrota inaugural contra los nicaragüenses dejó al descubierto el talón de Aquiles que persigue al club desde la pasada temporada: un pitcheo que cede hits como quien reparte tarjetas de presentación. Luego llegaron tres victorias seguidas, justo la dosis de oxígeno para sellar el pasaje a la final, pero el equipo viaja con lastres. Robinson Canó, Julián Ornelas y Juan Carlos Gamboa siguen en la lista de ausentes; sin ellos, la ofensiva ha tenido que inventar carreras con batazos oportunos y robos de base que saben a jugada de póquer.

La cifra habla por sí sola: 3-1 en el Round Robin, suficiente para avanzar, insuficiente para intimidar. El manager José Molina ha rotado brazos como quien mueve piezas de ajedrez sin dama, y la estrategia le ha dado resultado a medias: la media de carreras permitidas ronda las 5.2 por juego, la peor entre los clasificados.

Kane county, el invitado que se cree dueño de la fiesta

Kane county, el invitado que se cree dueño de la fiesta

Mientras tanto, en la otra esquina del ring, los Cougars han demolido con estadísticas de videojuego: 35 carreras anotadas, 12 permitidas, average colectivo de .327. Su pitcher abridor, Matt Solter, lanzó siete entradas sin recibir anotación en su única salida; el cerrador Josh Alber ha convertido cada oportunidad en rescate. El equipo de Illinois llega a Ciudad de México con la soberbia de quien no ha pisado el charco y la certeza de que puede bailar al campeón en su propia casa.

Lo que nadie cuenta es que el estadio Alfredo Harp Helú late diferente cuando se llena de 20 000 escarlatas. La grada mexicana no perdona un strike en la esquina, y el bullpen local ha mejorado su velocidad de recta en tres kilómetros por hora de media cuando el radar capta el grito colectivo. Será la primera vez que los Cougars escuchen un sonido que no está en la hoja de anotaciones: el rugido que precede al out número 27.

El bis que puede convertirse en negocio

El bis que puede convertirse en negocio

Para la directiva, levantar el trofeo implica más que gloria deportiva. El valor de mercado del plantel crece un 18 % si consolida el bicampeonato, según un estudio interno de la liga que circula entre patrocinadores. El contrato de televisión con ESPN contempla una cláusula de prima en caso de repetir título; la franquicia podría embolsarse un bonus cercano al millón de dólares. La afición, claro, solo piensa en la foto: el segundo escudo en la fachada del estudio, la camiseta con la doble estrella que ya se vende en preventa desde el miércoles.

El domingo a las 14:00 horas, el primer pitcheo será un mensaje en código: si la recta de Yoanner Negrín entra por strike, el cuento puede cambiar. Si el bate de Joey Terdoslavich conecta un cuadrangular temprano, la marea se volverá roja. En la caseta de scouts, los analistas cuchichean que la Serie del Rey mexicana empieza una semana después y un bullpen cansado hoy es una bomba de tiempo mañana. Pero eso es el lunes. Hoy solo existe el partido único, el out número 27, el momento antes de que la idea se haga oro.

La historia está escrita con lápiz, no con tinta. Y en la nebulosa que precede al último out, los Diablos Rojos sueñan con convertir el 3-1 en 4-1, con borrar el récord perfecto del rival y con demostrar que, cuando el estadio respira al unísono, hasta el equipo invicto puede tropezar con una maldición que no aparece en las estadísticas.