Disidentes del ira usan a un repartidor como cebo humano en irlanda del norte

Un conductor de comida a domicilio se convirtió la noche del lunes en el último eslabón de una cadena de terror que los disidentes republicanos quisieron reactivar en Lurgan, condado de Armagh. Dos encapuchados le colocaron un artefacto casero en el maletero y le ordenaron bajo amenaza de muerte que lo estacionara frente a la comisaría. El hombre, aterrado, pisó a fondo el acelerador, llegó a la base y salió corriendo. Dentro del coche, un maletín con pólvora y odio viejo.

La bomba que casi rompe el silencio

La Policía de Irlanda del Norte (PSNI) confirmó que el explosivo era rudimentario pero viable: suficiente para convertir el coche en una metralla de chatarra y el cuerpo del repartidor en un caso forense. El subcomisario Ryan Henderson no dudó en calificar la acción de «imprudente y cobarde». Lo que no dijo frente a las cámaras es que, si el artefacto hubiera detonado, habría supuesto el primer atentado mortal contra una estación de policía desde el fin del alto el fuego del IRA en 1997.

Los artificieros hicieron estallar el coche poco después de las 21:00 GMT en una explosión controlada. El estruendo retumbó en Lurgan como un eco amortajado de los Troubles. Vecinos que habían crecido entre barricadas y helicópteros relataron cómo el sonido les devolvió veinte años atrás en un segundo. El miedo, explican, tiene memoria muscular.

El repartidor que no quiso ser héroe

El repartidor que no quiso ser héroe

El conductor, un joven de 28 años que trabaja para una plataforma de delivery, no ha querido conceder entrevistas. Según la reconstrucción policial, los encapuchados lo interceptaron cuando repartía una pizza en un barrio periférico. Le mostraron una pistola, le ataron las manos con bridas y lo metieron en su propio coche. «Llévalo a la comisaría o te matamos», le espetaron. El trayecto dura siete minutos. Siete minutos para decidir entre su vida y la de desconocidos.

En la puerta de la estación, el hombre saltó del vehículo y gritó «¡bomba!». El personal cerró el perímetro en menos de un minuto. Nadie resultó herido, pero el daño psicológico ya está hecho: el chico lleva dos noches sin dormir y su jefe ha cerrado temporalmente el servicio en Lurgan. «No firmamos para esto», dijo la empresa en un comunicado que huele a miedo corporativo.

Disidentes que no aceptan el final

La PSNI apunta a grupos escindidos del IRA como autores intelectuales. Se trata de células que nunca aceptaron el Acuerdo de Viernes Santo y que ven la paz como una traición a la causa republicana. Aunque su número no supera el centenar, disponen de arsenal remanente y de una generación de jóvenes radicalizados en redes que idolatra martires de los 80. El problema, advierte Henderson, «es que con 500 gramos de fertilizante y un detonador ya tienes un atentado. No necesitas un ejército, solo un loco con ganas de sangre».

El incidente llega en plena crisis política en Stormont. El Partido Unionista del DUP bloquea desde hace meses el gobierno conjunto con Sinn Féin, y cada día sin ejecutivo alimenta el discurso de quienes creen que las armas hablan más que los votos. El atentado fallido, en este contexto, es un recordatorio de que el vacío de poder se llena con violencia.

Mientras tanto, en Lurgan, los pubs vuelven a cerrar temprano y los padres recuperan la costumbre de mirar debajo del coche antes de arrancar. La paz en Irlanda del Norte es una costura frágil: basta con un maletín mal cosido para que se deshaga. El miedo ha vuelto a cobrar horas extras.