Domingo de ramos desafía a américa latina: guerra, corrupción y la cruz que no se ve
El olor a palma quemada aún flotaba en los templos cuando el cardenal nicaragüense Leopoldo Brenes levantó su ramo y, en vez de la bendición protocolaria, soltó la frase que resume la Semana Santa 2025: «Cristo vuelve a ser crucificado cada vez que la dignidad humana es pisoteada». Fue el grito que hiló los sermones desde Caracas hasta Tegucigalpa, donde las homilías se convirtieron en radiografías de un continente que lleva años sangrando en la fila del confessionario.
La misa que apagó la luz en venezuela
En Caracas, monseñor Raúl Biord terminó su homilía y la electricidad colapsó en tres estados. La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, decretó asueto desde este lunes hasta el viernes, oficialmente para «ahorrar energía». Lo que nadie dice en los pasillos del palacio de Miraflores es que el apagón llegó justo cuando el arzobispo pedía reconciliación a un país que, en quince días, celebra elecciones cargadas de gases lacrimógenos. La ironía la perciben hasta los feligreses que encendieron velas dentro de la catedral: la cruz que se venera en Caracas hoy tiene forma de cable de alta tensión.
México, con sus 97,8 millones de católicos, le dio la espalda al turismo de playas. La Arquidiócesis de la capital publicó un comunicado que suena a carta de renuncia a la religión de marca: «No queremos una Semana Santa para mirar desde fuera». La frase caló en Ciudad de México, donde las procesiones se volvieran marchas de silencio contra la corrupción que ya ni se disimula. El dato que nadie anunció: por primera vez en diez años, la basílica de Guadalupe registró un 18 % menos de fieles. No se fueron de vacaciones; se fueron de la iglesia.

La palma que ya no es de cera
En Quito, los fieles llegaron con ramos de chamburo y papel de china. La palma de cera, símbolo andino que dura siglos, este año brilló por su ausencia. La razón no fue la fe, sino la ley: Ecuador prohibió su corte hace dos años y la campaña de protección caló tan hondo que hasta los artesanos de Santo Domingo de los Colorados venden ahora cruces de madera reciclada. El mensaje ecológico se mezcló con el evangelio y nadie protestó. Lo que sí duele es que el ramo alternativo cuesta un tercio del salario mínimo.
Paraguay, por su parte, exportó su sermón a voz de su cardenal Adalberto Martínez Flores: «Misiles y bombas que matan civiles no son daños colaterales; son crímenes bautizados con otro nombre». La frase retumbó en Asunción mientras el gobierno negociaba la compra de aviones de combte usados a Brasil. En Panamá, monseñor José Domingo Ulloa fue más allá: comparó al migrante centroamericano que cruza el Darién con Jesús cargando la cruz. La metáfora no era retórica: 87 000 personas cruzaron la selva el año pasado y la cifra proyectada para 2025 ya marca 23 % más.
El turismo que desmiente la fe
Honduras ilustra la grieta. El arzobispo español José Vicente Nácher pidió no reducir la Semana Santa a «acto vacacional», pero el gobierno de Nasry ‘Tito’ Asfura ya anuncia dos millones de turistas y unos ingresos de 680 millones de dólares. Lo que no cuentan los folletos de playa es que los hoteles de Tela duplicaron sus tarifas y los vuelos domésticos subieron un 40 %: la cruz se alquila por noche y se paga en cuotas.
El Salvador cierra el mapa con la procesión más silenciosa del istmo. A diferencia de años anteriores, no hubo música de banda. Los organizadores dijeron que era «reflexión», pero la prensa local atribuye la ausencia de tambores al recorte presupuestario que sufrió la Escuela de Música de Sonsonate. La liturgia, entonces, se volvió whispers: se escuchó el crujir de las palmas y el llanto de una anciana que reclamó a su hijo, preso preventivo desde hace ocho meses sin juicio.
La Semana Santa 2025, lejos de ser un ancla de tradición, se convirtió en espejo convexo: agranda la cicatriz y obliga a mirar de frente la herida. Mientras los obispos hablaban de reconciliación, los apagones, los precios inflados y las guerras que no nombran seguían crucificando a la mitad del continente. La palma, esa rama que debería anunciar paz, este año huele a pólvora y a factura de luz sin pagar. La próxima semana, cuando se retiren los altares y las playas vuelvan a llenarse de arena en vez de rodillas, la única certeza será la que pronunció monseñor Ulloa antes de despedirse: «La cruz no se quita el viernes; se sigue cargando el lunes, el martes y cada día que un presidente decreta asueto para esconder el apagón».
