Argentina duplica su apuesta por el gas en garrafa y se convierte en el proveedor que el mundo necesita
El humo de la guerra en el Estrecho de Ormuz encarece cada garrafa que se enciende en Asia, mientras en argentina sobran 1,6 millones de toneladas de GLP para exportar. La paradoja se volvió negocio: el país ya vende al exterior el doble de lo que consume adentro y los barcos de Vaca Muerta cargan rumbo a Brasil, Chile y México antes de que termine de llenarse el tanque de la cocina de cualquier pueblo formoseño.
La guerra que enciende el negocio argentino
Mientras Teherán y Washington cruzan misiles por el aire, el precio del GLP se dispara entre 30% y 100% en los puertos que aún pueden operar. El 30% del comercio mundial queda atrapado detrás del estrecho y 3.000 millones de personas se frotan las manos ante la suba. Fabricio Duarte, director de la Aiglp, resume la lógica: «Todos miran ahora a Vaca Muerta como quien mira el último vaso de agua en el desierto».
En el 39° Congreso que reunió en Buenos Aires a 26 países y 59 empresas, la frase más escuchada fue «seguridad energética». India, dependiente del Medio Oriente, ya negocia contratos a cinco años. Chile reemplaza importaciones caras de EE.UU. Paraguay y Uruguay suman pedidos. El shale neuquino, que hace una década era un pozo sin nombre, se perfila como el salvavidas de medio continente.

El mercado interno que no puede quedar atrás
Pedro Cascales, presidente de Cegla, advierte que la fiesta de las exportaciones no puede tapar el 46% de argentinos que aún cocinan con garrafa. Hay 20 millones de envases dando vueltas, 5 millones de hogares y 45 millones de dólares anuales que se van en reponer el acero que se oxida. El Decreto 446/2025 desreguló el negocio, le quitó el freno de precios al Estado y, según el gremio, el valor subió menos que la inflación. La historia suena a milagro, pero la clave está en la cuenta bancaria: con precio de venta liberado, las petroleras invierten y sobra producto para vender afuera.
El problema es la distancia. Formosa, Chaco, Corrientes y Misiones no ven un gasoducto ni en los mapas. Allí el GLP no es opción: es vida. Y cada vez hay más camiones que salen de Neuquén cargados para el puerto antes que para el pueblo.

La apuesta que viene tras el barril verde
En los pasillos del congreso se habló de camiones que circularán con GLP licuado en tanques de 300 litros, de barcos pesqueros que dejarán el gasoil y de generadores eléctricos que alimentarán pisciculturas correntinas. La cuenta es simple: cada litro de gasoil importado que se reemplaza por gas nacional deja 70 dólares de flete en el país.
La argentina ya no discute si tiene reservas; discute si tendrá leyes. El sector pide un régimen de estabilidad fiscal que dure más que un presidente. «Sin reglas no vienen los barcos», advierte Cascales. Y los barcos ya están anclados en Bahía Blanca esperando que el próximo gobierno confirme que el acuerdo se firmará por diez años, no por diez meses.
El cierre fue contundente: en 2025 el país pasó de importador a exportador neto de GLP. La cifra habla por sí sola: 1,6 millones de toneladas vendidas afuera, el doble de lo que se quema adentro. La guerra en el otro hemisferio encendió la llama del negocio. Y la garrafa argentina, esa que calienta el mate en la ruta, ya calienta también la olla de un coreano que nunca pisó América del Sur.
