La gripe aviar desata una guerra silenciosa entre el plato de los argentinos y la mesa del mundo
Javier Prida enciende el ventilador en plena entrevista y suelta la bomba: el 95 % del pollo y los huevos que comemos está al borde del colapso porque el Estado se niega a autorizar la vacuna que frena la influenza aviar. La razón es brutal: vacunar nos cerraría las exportaciones. O sea, protegemos el bolsillo externo y jugamos a la ruleta con la proteína que lleva 75 kg anuales a cada mesa familiar.
El negocio exportador pesa más que el plato del domicilio
Argentina vende afuera apenas el 5,25 % de su producción avícola, pero ese migajón es tan preciado que el Gobierno prefiere sacrificar miles de gallinas y pollos cada vez que aparece un foco antes que tocar la jeringa. Prida, presidente de CAPIA, lo resume con una frase que duele: «No queremos indemnizaciones, queremos que nos dejen vacunar». La ironía es que la vacuna existe, funciona al 95 % y ya la usan Uruguay, Perú, Bolivia, Ecuador, República Dominicana y México. Nosotros miramos para otro lado.
Mientras tanto, cada brote es una sentencia de muerte para la granja afectada: se matan todos los animales, no hay seguro que aguante y las aseguradoras corren a cancelar pólizas. El productor queda sin plantel, sin ingreso y sin techo. El consumidor, sin huevos en la góndola. La última vez que China detectó un caso nuestro, cerró el grifo 31 meses. Granja Tres Arroyos, el mayor procesador del país, perdió 160 millones de dólares y tuvo que bajar su cuota externa del 33 % al 25 %.

La culpa no es del virus, es de la grieta regulatoria
Estados Unidos y Brasil tampoco vacunan, pero compensan: Washington destina 4.600 millones de dólares a fondos de indemnización. Buenos Aires, ni eso. La normativa local exige 28 días sin brotes para reabrir un mercado, pero no ofrece un peso de auxilio mientras tanto. La trampa es perfecta: si vacunás, te cancelan afuera; si no vacunás, te cancelan adentro.
La solución que empujan los productores es una regionalización sanitaria: que el cierre externo se limite a la zona infectada y no al país entero. Así se salvaguardan las exportaciones del resto del territorio y se protege la cadena que abastece al mercado interno. La propuesta duerme en un cajón desde 2023, cuando apareció el primer foco el 14 de septiembre. Desde entonces, 36 meses después, seguimos en la misma.
Prida apura el cierre de la nota con una sentencia que debería estar grabada en la puerta de cada ministerio: «No existe ninguna enfermedad, humana o animal, que se haya controlado sin inmunización». La frase huele a obviedad, pero acá la obvidad se volvió lujo. Mientras el debate siga secuestrado entre laboratorios que quieren vender la vacuna y compradores que amenazan con boicot, el pollo y el huevo seguirán siendo rehenes de una partida de ajedrez que el argentino promedio ni siquiera sabe que está perdiendo.
