Nafta a casi $2.000: el tanque familiar ya cuesta lo mismo que un pasaje al exterior

El surtidor marca $1.999 y casi parece una broma de mal gusto. Pero no: es el nuevo precio del litro de nafta súper en la Ciudad de Buenos Aires, un número redondo que duele como una cachetada. Llenar el tanque de un auto mediano ya cuesta más de lo que valía un pasaje a Miami hace tres años.

La suba que nadie pudo frenar

El aumento del 20% en 30 días no es un dato más en la planilla del Ministerio de Economía. Es la diferencia entre llevar a los chicos al colegio en auto o apostarse a la combi escolar. Es la tarde que el repartidor de pedidos calcula que, después de pagar el combustible, le quedan $1.200 para el resto del día. Es la madre que deja de visitar a la hermana en Luján porque «ya no da».

La nafta premium ya trepó a $2.223; el gasoil común, a $2.099; y el gasoil premium, a $2.259. Cifras que suenan a código de despegue, pero en realidad son el precio de quedarse. Quedarse en la ciudad, quedarse con el mismo trabajo, quedarse sin vacaciones porque el tanque se tragó la mitad del aguinaldo.

El truco está en la periferia: mientras las cadenas de WhatsApp se llenan de trucos para «ahorrar nafta» (subir a 2.000 rpm, inflar los neumáticos, no usar el aire), las petroleras ajustan la tuerca cada dos semanas y el consumidor termina pagando la cuenta de una guerra que no declaró.

$100.000 Para salir a la calle

$100.000 Para salir a la calle

Las calculadoras de las apps ahorran el papel, pero no el dinero. El tanque del Volkswagen Gol —ese auto que en 2015 era «el más accesible»— hoy exige $109.945. El Peugeot Partner de la pyme de delivery, $109.945. El Renault Sandero que usó la maestra para ir a dar clases, $99.950. Cifras que parecen precios de usados, pero son solo la entrada al surtidor.

La ironía es que, mientras el Estado promueve el «ahorro energético», el transporte público porteño sigue sin cubrir la mitad del conurbano. Así, el «ahorro» se traduce en menos días de trabajo para los taxistas, menos vueltas para los remiseros, menos pedidos para los cadetes. La cadena es tan simple como demoledora: menos combustible vendido, menos empleos formales, menos plata que circula.

El negocio que no se detiene

El negocio que no se detiene

Detrás de cada surtidor hay una pizarra que se actualiza por la mañana y otra que se actualiza por la tarde. Las petroleras dicen que es por el tipo de cambio, por el barril de Brent, por la presión impositiva. Pero lo cierto es que el margen de refinación en Argentina creció 40% en el último año, según la consultora Ecolatina. Mientras tanto, el salario promedio apenas le ganó a la inflación por un puñado de puntos.

La excusa de siempre —el desdoblamiento cambiario, la brecha, la guerra en Ucrania— ya no alcanza para calmar la bronca del conductor que ve cómo el tanque le come el 15% del sueldo. La nafta es el único producto que no tiene «marca blanca»: no hay «nafta de supermercado» que cueste la mitad. Y así, el surtidor se vuelve el espejo de una economía que no consigue desacelerar su propia caída.

La próxima vez que escuche el clic del surtidor al completar los 50 litros, alguno calculará que ese sonido vale lo mismo que una semana de comida para una familia tipo. Y quizá, antes de arrancar, se baje del auto y mire la estación de servicio como quien mira una estación de tren que ya no va a tomar: con la certeza de que el próximo viaje, el más corto, ya se volvió un lujo.