Martenstein clama eutanasia para un varado: la ética que divide a alemania
Harald Martenstein acaba de publicar en BILD una columna que ya sacude la prensa germana: pide que se deje morir —o que se ayude a morir— a una ballena piloto varada en la costa de Schleswig-Holstein. El texto, a medio camino entre el obituario y el alegato, ha desatado la tormenta habitual cuando se habla de sterbehilfe en el país que inventó la palabra.
La criatura que prefirió la orilla al mar
El animal, una hembra joven, rechazó durante horas los intentos de rescate. Se alejó del canal de refloatación y regresó a la arena. Los biólogos hablan de enfermedad, de desorientación acústica por ruido de barcos; los veterinarios, de dolor abdominal evidente. Martenstein, columnista veterano, traduce: «Quería irse». Y lanza la pregunta que nadie quería formular: si un alemán puede pedir asistencia para morir, ¿por qué una especie que comparte cultura, dialecto y memoria debe ser obligada a sobrevivir?
La respuesta legal llegó antes que la ética. En Alemania, la eutanasia animal está permitida si hay sufrimiento irreversible, pero solo en «fauna de compañía» o en cautividad. Un cetáceo en plataforma natural queda atrapado entre el Art. 17 de la Ley de Caza del Norte y la Convención de Bonn, que protege a los pequeños odontocetos. Resultado: horas de agonía mientras las gaviotas se ceban.

El dilema que llega antes que la marea
Las autoridades regionales optaron por «observación pasiva». Traducción: no inyectarán nada, no dispararán proyectiles, no usarán explosivos —método que Dinamarca aplicó en 2022 a un rorcual varado y que generó un tsunami de críticas. Aquí la norma impone esperar a que el animal «se rinda» o que el nivel del agua lo cubra. Martenstein desmenuza la paradoja: «Bei uns Menschen gibt es Sterbehilfe… aber niemand sollte zum Weiterleben gezwungen werden». La frase, que sonó a desafío, ha encendido las redes.
El debate ya trasciende la anécdota. El Instituto de Cetáceos de Kiel recibe llamadas de ciudadanos que ofrecen «firmas digitales para una eutanasia controlada». Mientras, los guardacostas interceptan a activistas que intentaban acercar un barco-sanitario. La prensa regional publica encuestas: el 61 % apoya «una muerte rápida si el sufrimiento es evidente», pero el 54 % rechaza «intervención violenta». La contradicción es alemana y, por tanto, perfectamente documentada.

El océano que nunca duerme
Martenstein cierra su texto con una imagen: «Irgendwo im Ozean wird in genau dieser Sekunde ein neuer Wal geboren». La frase suena a consuelo, pero también a advertencia: la cadena alimentaria no admite pausas. La ballena agonizante ya alimenta a docenas de aves que, en primavera, regresarán a sus pollos. El círculo, brutal, se cierra sin notario.
La columna ha reabierto la herida de 2020, cuando otro grupo de piloto varó en Tasmania y Australia optó por fusiles de alto calibre. Las imágenes del «día en que mataron a los delfines» aún generan fact-checking y amonestaciones éticas. Ahora, Alemania debe decidir si se suma a la lista de países que normalizan la muerte asistida en fauna salvaje o si permanece en el limbo del «esperar a que la naturaleza decida». La naturaleza, claro, ya decidió: fue la ballena la que eligió la arena. Solo queda ver si los humanos aceptan su silencio como voto.