Ee.uu. desembarca de nuevo en caracas tras siete años de silencio diplomático
La bandera de las barras y las estrellas ondea otra vez en la avenida Francisco de Miranda. La embajada de Estados Unidos en caracas abrió ayer sus puertas tras siete años de oficina fantasma, un regreso que huele a pintura fresca y a apuesta geopolítica.
La última vez que un diplomático estadounidense cerró la verja principal fue en marzo de 2019, cuando Donald Trump rompió lazos con Nicolás Maduro y trasladó la operación a un piso en Bogotá al que solo accedían los más iniciados. Ahora, Laura F. Dogu, exembajadora en Honduras y actual encargada de negocios, ha desembarcado en el chavismo con maletín nuevo y ánimo de reconstrucción.

El plan de tres fases que empuja la reapertura
El Departamento de Estado habla de «diplomacia de bajo perfil» y, sin embargo, la cifra habla por sí sola: 2,3 millones de dólares destinados a reparar infraestructura, blindar oficinas y levantar un consulado que, en teoría, volverá a expedir visas en 2025. La fase uno ya se consumó: Dogu y seis funcionarios se instalaron en un ala del edificio que fue sede de la ExxonMobil caraqueña. La fase dos implicará traer a 25 empleados más y reanudar servicios consulares básicos. La tres, la gran incógnita: una embajada plena que dialogue tanto con la oposición como con el oficialismo.
Lo que nadie cuenta es que el regreso coincide con el anuncio de licitaciones petroleras que Maduro lanzó la semana pasada y con la flexibilización parcial de sanciones que el Tesoro de EE.UU. estudia para enero. El timing no es casual: Washington necesita contrapeso a la influencia rusa y china en los yacimientos del Orinoco, y caracas requiere oxígeno para reactivar una economía que cerró 2023 con inflación del 189 %.
En los pasillos de la embajada, los funcionarios evitan la palabra «reconocimiento». Prefieren «interacción directa». Es decir: se reunirán con sindicatos, empresarios, ONG y, sí, también con representantes del chavismo que acepten sentarse. El mensaje, dicen, es «presencia sin bandera». Pero hay un detalle: el gobierno interino de Juan Guaidó ya no existe ni en el papel. El nuevo mapa de actores incluye a la Plataforma Unitaria, a la Alianza Democrática y a tres gobernadores opositores juramentados ante la Asamblea chavista.
En Altamira, vecinos de la urbanización Miranda cuentan que han visto camionetas con placas diplomáticas circular de noche. «Instalan antenas», susurra un portero. «Será la NSA», responde otro. La verdad es más prosaica: están pintando y cableando. El edificio, diseñado en 1953 por el arquitecto Tomás Sanabria, lucía techo filtrado y cristales rotos. Ahora se alquila una grúa todos los días para sustituir los cristales blindados que Maduro mandó apedrear en 2019.
El regreso de EE.UU. no implica, de momento, la reapertura de una embajada venezolana en Washington. El consulado venezolano en la avenida K Street sigue cerrado. El personal chavista atiende desde la sede de la ONU en Nueva York, y los trámites de pasaportes los gestiona una empresa mexicana subcontratada. Así las cosas, la asimetría es total: caracas recibe, pero no devuelve.
El viernes, Dogu visitó el laboratorio de Feed the Children en Catia. Publicó una foto en redes: niños con bandejas de arepas y un pie de foto que rezaba «trabajando por la democracia». El ministerio de Interior respondió con un comunicado: «La cooperación es bienvenida, pero sin injerencia». En el país de los cortocircuitos, hasta la caridad genera suspicacia.
La última vez que una diplomática estadounidense caminó por caracas con tanta libertad fue cuando Hillary Clinton visitó a Hugo Chávez en 2010. Aquella foto en Miraflores parecía historia antigua. Ahora, Dogu repite la ruta, pero el tablero cambió: el petróleo ya no rinde lo mismo, el chavismo negocia con Biden y la oposición pide elecciones sin María Corina Machado en la boleta. El regreso de la embajada, en definitiva, no es un final: es la antesala de otro round.
