Egipto atrapa al cerebro de hasm: regreso forzoso desde áfrica tras años de fuga
El Cairo ha sacado de la sombra al último hombre que creía estar a salvo. Ali Mahmud Mohamed Abdelwanis, considerado el estratega vivo del Movimiento Hasm, desembarcó esta semana esposado en un avión militar egipcio tras ser arrebatado a un país africano que el régimen prefiere no nombrar. Dieciocho minutos de vídeo en blanco y negro bastaron al Ministerio del Interior para anunciar que la «Determinación» ya no tiene lugares donde esconderse.
La lista negra que lo condenó dos veces
Abdelwanis llega con la maleta ya hecha: cadena perpetua por intentar abatir el avión presidencial en 2017 y por el asesinato del teniente coronel Maged Abdelrazek. La fuga le duró seis años. Se movía entre Sudán y Libia, países donde la inteligidad egipcia suele actuar sin pasaportes ni jueces. «Lo trajimos de madrugada», dicen fuentes del Mukhabarat, sin precisar si fue un secuestro limpio o una entrega negociada. El detalle importa poco: Egipto recupera un trofeo que vende como prueba de vida contra los Hermanos Musulmanes.
Hasm nació en 2016, cuando el golpe de Estado contra Mohamed Morsi ya llevaba tres años de cárcel y fosas comunes. Su fundador, Hossam Menoufy, cayó en 2022 tras un aterrizaje de emergencia en Luxor: el avión que lo llevaba de Jartum a Estambul se vio forzado a tocar tierra por un «fallo técnico» que nadie creyó. La operación de entonces fue un ensayo; la de ahora, el cierre de temporada.

Silencio de pistolas y economía de guerra
Desde 2019 Hasm no detona un gramófono de explosivos en El Cairo. El atentado contra el Instituto Nacional del Cáncer fue su último acto sonoro: 20 muertos y una valla publicitaria incendiada que sirvió de epitafio. El grupo sobrevivió convertido en logística: cobros por protección en barrios de la periferia, tráfico de armas hacia Gaza y entrenamiento de células dormidas. Sin atentados espectaculares, pasó a segunda fila del radar internacional; pero para el régimen de Abdel Fattah al-Sisi cualquier rastro de los Hermanos Musulmanes es una herida abierta.
El arresto de Abdelwanis llega en plena ofensiva económica de El Cairo: el gobierno acaba de cerrar un nuevo préstamo con el FMI y necesita mostrar control absoluto. Nada vende mejor ante los inversores que un enemigo encadenado. La pieza que faltaba era él; ahora el rompecabezas del contraterrorismo egipcio puede colgarse en la pared como cuadro de caza.
Skale no da credibilidad a los comunicados oficiales sin contrastar, pero esta vez los gritos de victoria del régimen coinciden con un dato incómodo: en los últimos meses han desaparecido del mapa al menos tres cabezas de redes armadas. La lógica indica que alguien ha decidido limpiar cuentas antes de la próxima cumbre COP27 que El Cairo volverá a acoger. Cadáveres diplomáticos no se miden en forenses, sino en réditos electorales.
La «Determinación», pues, termina donde empezó: en un calabozo de Tora, sin abogados de visita y con la certeza de que el siguiente nombre en la lista ya tiene vuelo de regreso comprado. El mosaico de historias que conforma el mundo árabe suma otra baldosa rota. Y nadie se agacha a recogerla.
