El 5-2 que desnuda a estados unidos: su mundial 2026 empieza en crisis
Atlanta olía a barbacoa y a ilusión hasta que Bélgica le puso la cara de cemento frío al sueño de Estados Unidos. 5-2. Un marcón que ya no duele solo en la tabla: hiere en el calendario, a 89 días del Mundial que organizan. La selección de Mauricio Pochettino salió del Mercedes-Benz Stadium con la misma sensación de 2018: la de un equipo que construye castillos de naipes cuando el rival sopla.
Pochettino se queda sin argumentos ante su ex alumno lukebakio
El argentino llegó prometiendo “intensidad y verticalidad”; se fue escuchando abucheos que sonaban a réplica de los que despidieron a Gregg Berhalter. El plan era claro: presionar arriba, robar y que Pulisic y McKennie rompieran líneas. Funcionó 38 minutos. El gol del mediocampista de Juventus llegó tras una jugada prefabricada: diagonal de Robinson, pase filtrado, definición cruzada. Sonó a sinfonía, pero fue solo un acorde aislado. Bélgica, que había llegado con seis bajas y un técnico interino, respondió con la misma lógica que usan los grandes en la Champions: esperar, romper, castigar. Debast empató antes del descanso y, en la segunda parte, el partido se convirtió en un manual de errores distribuidos por toda la zona roja del campo estadounidense.
El segundo gol llegó por un penalti que Tim Ream regaló con una mano tan innecesaria como el VAR que la confirmó. A partir de ahí, el USMNT se desplomó como un edificio cuyos pilares resultaban ser de cartón piedra. Onana, De Ketelaere y Lukebakio (doblete) marcaron en un lapso de 19 minutos que pareció una eternidad para los 70 000 aficionados que pagaron para creer. La única réplica fue un gol de Ricardo Pepi en el 86’, cuando el partido ya olía a humillación.

El problema no es solo la defensa: es la identidad
La estadística que naden quiere ver: Estados Unidos ha encajado 14 goles en sus últimos cinco partidos contra europeos. Pero el drama no es numérico, es conceptual. Pochettino llegó hablando de “espacio entre líneas” y “transiciones rápidas”; sin embargo, sus jugadores parecen aprender el lenguaje táctico a base de golpes. La zaga, formada por cuatro titulares que juegan en Europa, fue desmontada por un delantero del Sevilla que ni siquiera es titular en su club. La medular, presuntamente la línea fuerte, perdió 14 balones en zona de riesgo. Y el ataque, pese al gol de McKennie, generó solo 0,78 goles esperados, la mitad que Bélgica.
Lo que más preocupa dentro del vestidor es la sensación de orfandad. Pulisic volvió a pedir cambio por precaución muscular. Reyna no apareció. Musah corrió, pero corrió solo. El equipo no tiene un líder vocal cuando la pelota arde, y eso se traduce en un vacío que ni el más moderno análisis de datos puede llenar. El cuerpo técnico detectó tras el 2-2 contra Slovenia en octubre que el grupo se fracturaba ante la adversidad; anoche vieron la grieta convertida en abismo.

El reloj corre y la fifa observa
El calendario no admite más experimentos. El 23 de junio Estados Unidos debutará contra un rival que aún no está sorteado, pero que ya sabe dos cosas: que el anfitrión puede ser vulnerable y que su estadio lleno también puede silbar. La federación había pedido partidos de “alto impacto” antes del torneo; ahora recibe impactos de alto riesgo. La derrota ante Bélgica obligará a reprogramar la gira previa: se barajan amistosos contra Sudáfrica o Japón, selecciones que corren y presionan como demonios, justo el antídoto que necesita un equipo que parece haber olvidado cómo respirar bajo presión.
El riesgo geopolítico también acecha. El Mundial 2026 será el primer gran evento deportivo tras la reelección de Trump. La Casa Blanca quiere imagen de potencia, no de patio trasero donde Europa entrena goleadas. El secretario de Estado ya llamó a la federación para pedir “un equipo competitivo y simbólico”. Traducción: no soportan otro 5-2 en territorio propio.
La noche de Atlanta dejó un dato que resume el estado del alma estadounidense: el USMNT perdió los tres partidos que jugó con récord de asistencia en 2024. La afición llena estadios, pero se lleva sustos a casa. Quedan 89 días para que el miedo se convierta en fiesta; de momento, el único protagonismo que consigue Estados Unidos es el de ejemplo de cómo no preparar un Mundial. Y eso, en el mundo de la geopolítica deportiva, es una forma de derrota que no aparece en el marcador pero que duele más que cualquier gol.
