El alto se tiende de colores: 5.000 feriantes convierten la carretera a copacabana en un mercado vivo
La bruma helada aún no se alza sobre los 4.100 m cuando la avenida que lleva al lago Titicaca ya huele a eucalipto y a lama cruda. Desde el viernes, El Alto no duerme: se desparrama en manta, carretilla y voces que negocian al ritmo del aimara. Más de 5.000 vendedores han secuestrado calzadas, veredas y hasta los carriles de la autopista para montar la Feria de Ramos, la versión andina de un outlet religioso que dura hasta el 3 de abril y mueve, solo el año pasado, 175 millones de bolivianos.
La calle se hace economía
Justina Salas, aimara de 52 años, no necesita micrófono. Sus dedos tejen sin mirar y su voz atraviesa el zumbido de mototaxis: “Vengo de Mecapaca, pero mi lana es de Sud Yungas”. En su barullo de guantes y palmas, la lógica del trueque ancestral convive con el ticket digital. “Vendo barato porque la gente de provincia no llega con tarjeta, llega con hambre”, dice mientras anuda una rueca de madera que parece un juguete pero es la herramienta que hiló la infancia de su abuela.
Detrás de ella, la carretera a Copacabana se ha vuelto pasillo. Los camiones que suben al santuario mariano avanzan a paso de peatón entre puestos de frutas que vienen de Chuquisaca y arados que algún artesano forjó en El Choro. Nadie protesta; el conductor baja la ventanilla, compra un plátano y sigue. El tránsito se ha vuelto mercancía.

El ganado entra en la cancha
A tres cuadras, el olor cambia. Una cancha de tierra —antiguamente cancha de fútbol— se ha convertido en la lonja al aire libre más alta del mundo. Vacunos flacos, alpacas de lana tupida y cerdos que aún no saben que serán chicharrón se miran entre sí mientras sus dueños gritan precios en aimara. “Mil bolivianos la llama preñada”, ofrece un hombre de polera a cuadros. La negociación dura lo que tarda un trago de chicha de maíz: manos que se estrechan, codazos, una sonrisa que cierra el trato.
La Alcaldía alteña calcula que cada feriante deja aquí, de media, 35 000 bolivianos de facturación en cinco días. Lo que no calcula es el valor del trueque invisible: la palma que se cambia por una pala, la soga que se paga con un saco de papas. El dinero oficial es solo la mitad de la historia.
La bendición que se llevan a casa
Al caer la tarde, los altoparlanes ya no anuncian precios; anuncian misas. Las palmas entrelazadas —cogollo verde que llegó en camión desde Yungas— se agotan. Justina envuelve las últimas en papel de periódico y recita el mandato que nadie cuestiona: “Detrás de la puerta, pa’ que no entre el mal de ojo”. En El Alto, la fe se mide en ramas y la protección cuesta cinco bolivianos.
La feria se apaga bajo un cielo que parece a punto de estallar en granizo. Los compradores suben a micros atiborradas con sacos que sobresalen por las ventanas; los vendedores cuentan sus billetes manchados de tierra. La calle, mañana, volverá a ser solo asfalto. Pero la creencia —esa que no figura en los informes de la Alcaldía— se queda adherida a las puertas de adobe: 5 000 historias que, por una semana, hicieron del Altiplano un mercado sin paredes y sin horario.
