El arzobispo de caracas enciende la mecha: reconciliación o muerte política
Domingo de Ramos y Caracas huele a incienso y gas lacrimógeno. Mientras Raúl Biord sube al altar de su catedral, en las cercanías aún flota el humo de la última marcha reprimida. La capital venezolana celebra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén con las palmas que bajaron anoche del cerro Waraira Repano, pero también con la certeza de que el país lleva años crucificado.
La homilía que nadie se atrevía a pronunciar
Biord no mencionó a Maduro, ni a Guaidó, ni siquiera al CNE. No hizo falta. Cuando pidió «transitar un camino de reconciliación, de perdón, de paz», la muchedumbre que abarrotó la nave comprendió que el único perdón posible empieza por reconocer los muertos de 2014, 2017 y 2019. En las bancas, algunos fieles lloraron sin disimulo. Otros apenas alzaron la mirilla de sus celulares: grababan para el WhatsApp que les llegará censurado.
La liturgia fue tan sobria como una radiografía. El arzobispo pidió «saber acompañar» a los presos, a los exiliados, a los ancianos que sobreviven con un petro mensual que no alcanza para diez días de mercado. Y ahí, en la línea entre el Evangelio y el INE, se dibujó el mapa de una Venezuela que ya no distingue entre sacristía y sebin.

La palma que viene del cerro y el apagón que viene del guri
Mientras Biord consagraba, 800 palmeros descendían del Ávila con fardos de ramas atadas con mecate. Es la misma ruta que usaban los esclavos del siglo XVIII para traer las hojas que las élites no podían cultivar en los valles. La metáfora es tan obvia que duele: la clase política actual también depende de lo que baje la gente del cerro. Por eso Delcy Rodríguez decretó asueto desde el lunes: sin colegios ni ministerios se ahorran 4 000 MW diarios, justo lo que falta desde que Guri se seca y el cable submarino de Corpoelec se hunde en la fosa de los Laureles.
La procesión salió de la Plaza Bolívar bajo un sol que parecía juicio final. Cientos izaron sus palmas como quien alza un acta de defunción colectiva. Ni un solo cántico político. Solo el resoplido de los motores de las patrullas que custodiaban cada esquina. Un fotógrafo extranjero murmuró: «Esto parece la Jerusalén de los evangelios, pero con guardias nacionales que se persignan antes de cargar».
La semana que viene sin clases y sin futuro
La medida de «ahorro energético» regala cinco días de descanso forzoso a los funcionarios. También cierra la ventana de la última semana para inscribir candidaturas en el CNE, lo que deja a la oposición dividida entre quienes quieren boicot y quienes aún creen en votar. El cronograma litúrgico choca con el electoral: el Miércoles Santo se venerará al Nazareno de San Pablo en Santa Teresa, pero ese mismo día vence el plazo para presentar observaciones al registro electoral. Dios y el CNE compiten por la atención de un país que ya no distingue entre sagrado y trámite.
En la sacristía, un diácono confesó a este cronista que las ofrendas bajaron 40 % respecto al año pasado. «La gente trae lo mismo que el Gobierno: promesas de pago». La cifra habla por sí sola: menos flores, menos cera, menos esperanza. Y sin embargo, cuando Biord dio la paz, los caraqueños se abrazaron como quien se agarra a un clavo ardiendo.
La misa terminó con un Cordero de Dios que sonó a ultimátum. Afuera, la ciudad se prepara para una Semana Santa sin luz, sin agua y sin diálogo. Las palmas ya se secarán en las casas, convertidas en recuerdo de un día en que alguien alzó la voz y pidió perdonar. El problema es que aquí todos esperan que el otro pida perdón primero. Y mientras tanto, el calendario sigue: el viernes será Viernes Santo, y en algún barrio habrá otra procesión, otra marcha, otra cacerolada. La crucifixión, esa sí, parece ser un asueto permanente.
