El asfalto nos sobra: cinco millones de autos atrapan a la ciudad de méxico
La Zona Metropolitana del Valle de México ya no respira: cinco millones de autos la pueblan y cada mañana uno y medio millones se despiertan para rodar sobre ella. El asfalto ganó. La ciudad perdió.
Antonio Suárez Bonilla, coordinador del Laboratorio de Movilidad e Infraestructura Verde de la UNAM, no habla de falta; habla de exceso. «Al diseñar las ciudades siempre pensamos qué les hace falta, pero también es importante reflexionar sobre lo que les sobra». Lo que sobra aquí es metal, hormigón y espacio robado al aire.
Un aeropuerto que estaciona el 38 % de su territorio
En las 693 hectáreas del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, 264 se rinden al culto del estacionamiento. Aviones despegan sobre un mar de autos quietos. La cifra es el monumento perfecto a la lógica urbanística del siglo XX: primero el coche, después el ser humano.
El modelo agota al país. El 46 % de la energía que México traga se la bebe el transporte; dentro de ese festín, los autos se zampan el 95,9 %. Cada litro de gasolina que quema un sedán es un litro de futuro que no llegará a la siguiente generación.

El negocio que crece entre el taco de acero y la batería
Mientras tanto, en el bajo mundo de la micromovilidad, las bicicletas eléctricas acarician los 50.000 millones de dólares globales. Patines, bicimotos y monopatines se pelean el trayecto de la «primera o última milla», esa distancia que el mexicano promedio prefiere cubrir aún a costa de su propio tiempo y pulmones.
Roberto Trinidad González Torres, también del LabMov, advierte que la norma existe —vehículos de 25 km/h, casco, seguro, registro— pero la calle se lo pasa por el arco. El vacío legal convierte a cada patinete en un objeto extraterrestre: ni bici, ni moto, ni auto. Un no-código que paraliza inversiones y premia la improvisación.
El punto débil acecha en las baterías. Pesadas, caras, potencialmente tóxicas. Empresas emergen para reciclarlas o diseñar modelos intercambiables como antaño se cambiaba la bombilla. El nuevo vehículo urbano ya no quiere ser un tanque de dos toneladas: aspira a parecerse a una moto de cuatro ruedas que pese menos que 800 kg y corra con la agilidad de un auto de ciudad. Fibra de vidrio, aluminio, acero de alta resistencia: dieta forzada contra el desperdicio.
La autonomía total es la utopía que se topa con la realidad. González Torres fría el entusiasmo: «Podrían usarse exclusivamente como taxis en espacios reducidos». La supervisión remota aún no da el ancho; los algoritmos se atascan en el cruce de División del Norte y Cuauhtémoc.
El cambio no es tecnológico; es de poder. Los gobiernos locales deben insertar biodiversidad, agua y espacio público en cada obra, ya sea un camellón, un parque o un simple resanado de banqueta. La movilidad verde no se improvisa con un carril confinado y un spot radial. Se decide cuando se dibuja el primer metro cuadrado de cualquier intervención.
La ciudad que soñamos ya no cabe en el mapa que heredamos. El asfalto sobra, sí, pero lo que sobra también es tiempo para arrancarle terreno al coche. Cada kilómetro que no se construye para el auto es un trozo de futuro que recuperamos. El reloj corre al ritmo del tránsito: 1,5 millones de autos cada mañana deciden si México continúa ahogado o empieza a respirar.