El bikini que duele: semana santa dispara los trastornos alimenticios entre jóvenes

Mientras la arena aún está fría y los salvavidas colocan las primeras hamacas, María Elena Esparza ya recibe los mensajes desesperados: «¿Cómo adelgazo cinco kilos en diez días?». La presidenta de Ola Violeta AC los lee con el estómago contraído. Sabe que detrás de cada texto hay una adolescente dispuesta a dejar de comer para encajar en un trozo de lycra que mide menos de un palmo. La temporada de bikinis acaba de comenzar y con ella regresa el síndrome de la playa: una epidemia silenciosa que secuestra las vacaciones de millones de mujeres en México.

El 25 % de los adolescentes ya padece un trastorno alimenticio

La cifra es oficial, fría y demoledora: uno de cada cuatro jóvenes mexicanos sufre un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA). La Secretaría de Salud desglosa el género: por cada chico hay diez chicas entre 14 y 25 años que vomitan, ayunan o se atracan de forma secreta. La anorexia y la bulimia crecen al ritmo de los likes. «No es casual —advertía Esparza la semana pasada en un auditorio de la UNAM—: el pico de ingresos hospitalarios coincide con Semana Santa y con el inicio del verano». Las camas de psiquiatría infantil del Hospital General de México llevan meses al 95 % de ocupación; muchas pacientes ingresan deshidratadas tras semanas de dieta líquida y clases de «bikini body» en TikTok.

El detonante no es el sol ni la arena, sino la pantalla. México suma 94 millones de usuarios en redes sociales; las mujeres copan el target publicitario: 53,5 % en Instagram, 51,8 % en Facebook. El algoritmo les sirve cuerpos bron-ceados, cinturas de avispa y pectorales de gimnasio 24/7. «Cada scroll es una puñalada», resume la psicóloga Laura Santacruz, que atiende en la clínica Ánimo de la Ciudad de México. Allí, las consultas por TCA se duplicaron tras la pandemia. La mayoría llega con el móvil en la mano y la misma frase: «Quiero lucir así en la playa». Señalan a una influencer que desayuna sólo té matcha y promete «abdomen de acero en 21 días».

El bikini como símbolo de exclusión

El bikini como símbolo de exclusión

La prenda pesa más que el propio cuerpo. «Mide veinte centímetros de tela, pero carga siglos de violencia estética», dice Esparza. En sus talleres de prevención, las adolescentes dibujan su silueta sobre un papel gigante y después la recortan hasta convertirla en un hueso. El ejercicio dura diez minutos y termina en lágrimas. «Ninguna nació queriendo odiarse —cuenta—; se lo enseñaron antes que a nadar». La presión estalla en grupos de WhatsApp: «¿Vas a usar bikini o mejor una túnica?». La pregunta suena inocua, pero en el chat de diez integrantes al menos dos ya están tomando laxantes.

El negocio lo sabe. Las clínicas de «nutriólogos de urgencia» multiplican sus anuncios en marzo: «Baja 8 kg antes de Semana Santa», prometen con before & after de pacientes flotando en una alberca. El precio del plan express: entre 3 500 y 8 000 pesos. Incluye dieta de 800 calorías, inyecciones de ozono y sesiones de «criolipolisis» para congelar la grisa. «Vendemos miedo disfrazado de salud», reconoció a medias una empleada de una cadena de spas que prefiere el anonimato. «Si la chica regresa del viaje engordó medio kilo, la culpamos y le vendemos otro paquete. Es un círculo perfecto de ansiedad y facturación».

El derecho a descansar sin antes y después

El derecho a descansar sin antes y después

Ola Violeta propone un ejercicio radical: llegar a la playa sin previo aviso. «Tu cuerpo ya es apto para el mar», repiten en sus carteles. La campaña #BikiniSinBoleta invita a publicar fotos sin retoque, con celulitis, cicatrices y estrías. En tres días lograron 1,2 millones de interacciones. «No buscamos que te guste tu imagen —aclara Esparza—; buscamos que te deje de odiarla lo suficiente como para meterte al agua». El mensaje llegó tarde a Andrea, 17 años, que se colapsó en un baño de la Playa del Carmen tras 72 horas de ayuno. Su historia circula ahora en reels: la encontró una turista extranjera que gritó «¡Ambulancia!» mientras sus amigas seguán tomándole la presión con una app.

El cambio cultural está en deuda. La Secretaría de Turismo de Quintana Roo recibe presiones para incluir en sus campañas «cuerpos reales», pero los hoteleros temen «bajar el nivel». «Dicen que el turismo quiere fantasía, no realidad», se lamenta Esparza. Mientras tanto, los psiquiatras advierten: el ingreso por TCA en menores de edad ya supera al de diabetes tipo 2 en varios estados. La playa, que fue sinónimo de libertad, se convierte en un escenario de pesaje público. «El reto no es subir la talla, sino bajar la culpa», sentencia Santacruz. La frase suena a consigna, pero en su consultorio es la diferencia entre regresar a casa o al hospital.

La próxima vez que alguien te diga «¡Semana Santa, que empiece el conteo!», piensa en esto: más de 2 500 niñas y niños serán hospitalizadas este mes por trastornos alimentarios que empezaron con un bikini en la cabeza. El mar sigue ahí, indiferente a la talla. La ola no pide carné de peso. Y el sol, ese granaude de fuego, no discrimina: quema igual el ombligo de la modelo que el de la estudiante. La pregunta no es si estaremos listos para el verano, sino si el verano está listo para recibirnos sin antes convertirnos en una versión que ni siquiera disfrutamos. La respuesta, en la arena, sigue siendo una sola: el bikini cabe en cualquier cuerpo; es el odio el que sobra.