El cardenal de paraguay arremete contra el 'daño colateral' en las guerras y pone en jaque la impunidad

El cardenal Adalberto Martínez Flores subió al púlpito de la Catedral de Asunción y, frente a ramos de pindó entretejidos por manos guaraníes, soltó la bomba: “No existen daños colaterales causados por maldades”. Fue Domingo de Ramos, pero sonó a sentencia contra los salones de guerra donde se firman muertes con calculadora.

Una homilía que reta la contabilidad militar

Martínez no citó a Ucrania ni a Gaza; ni falta que hizo. Habló de pueblos enteros borrados bajo la excusa del “error” y de vidas que, para los arsenales, valen menos que un misil de reemplazo. La frase “cada vida es sagrada” retumbó bajo la bóveda colonial como una factura moral que nadie quiere pagar.

En el mismo aliento, el purpurado desempoló el Evangelio: “Amen a sus enemigos”. Palabras que, en el Paraguay que aún sangra por la dictadura de Stroness y por la impunidad de ayer y de hoy, suenan a orden de arresto contra el odio de oficina.

Aborto y eutanasia, la otra guerra que nadie declara

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El cardenal no se quedó en los campos de batalla geolocalizados. Se metió en las trincheras íntimas: pidió orar por los niños “a los que no se les permite nacer” y mandó un proyectil directo a los parlamentos que legalizan la muerte asistida. Nombró a Noelia Castillo, la española que optó por la eutanasia la semana pasada, y convirtió su historia en un espejo donde cada país se mira el alma.

La homilía terminó, la multitud se dispersó y Asunción volvió al ruido de los colectivos. Pero la pregunta quedó flotando: si hasta el Vaticano contabiliza víctimas sin bandera, ¿cuánto tiempo aguantará la diplomacia de los “daños colaterales” antes de que estalle en sus manos?