El congreso argentina se estanca en la eutanasia mientras los pacientes siguen suplicando morir
La muerte de Noelia en España desató un tsunami de WhatsApp en los pasillos del Congreso argentino: cuatro proyectos de ley duermen en los escritorios, ninguno tiene votos y los enfermos siguen pidiendo que les devuelvan el control de su propio final.
Papel sellado contra el dolor
Laura Massaro, la abogada que vive entre camillas de terapia intensiva y libros de bioética, lo resume con la frialdad de quien ya perdió la cuenta: «Acá la ley solo te deja rechazar tratamientos, no elegir morir». Desde 2009 la Ley de Derechos del Paciente funciona como un bozal: permite gritar «¡basta!», pero no permite apagar la luz. Las directivas anticipadas —ese papel que se firma antes de que el cuerpo se vuelva un territorio ocupado— siguen siendo un formulario raro que la mayoría guarda en el cajón junto al seguro de vida que nunca se usará.
En los despachos de la Cámara baja los números son tercos: 257 diputados, cero mayoría para tocar el artículo que prohibe la eutanasia. Tres proyectos duermen en comisiones de Salud y Justicia; el cuarto reposa en el Senado como un chisme que nadie se atreve a contar en voz alta. Los legisladores calculan: del otro lado del mostrador hay ángeles conservadores, obispos que todavía mueven votos y un electorado que prefiere no hablar de muerte hasta que la muerte toca la puerta.

El protocolo que no alcanza
Mientras tanto, en el Hospital Italiano los comités de ética se reúnen los jueves a las diez de la mañana. Allí revisan casos que la ley no puede contener: una mujer con esclerosis avanzada que suplica dejar de respirar, un joven con lesión medular que pide la pastilla que nunca llegará. El médico objetor se excusa con la misma frase de siempre: «Mi conciencia no me permite». El paciente responde con la suya: «Mi cuerpo ya no me pertenece». Entre ambas oraciones se abre un abismo que la bioética no logra llenar.
La grieta no es solo religiosa. Es económica: ¿quién garantiza que la decisión sea libre cuando el costo de mantener con vida a un enfermo terminal puede hundir a una familia? Es social: en los barrios populares hablar de eutanasia suena a lujo de ricos, mientras que en Palermo se discute con términos de autonomía y dignidad. Es temporal: los proyectos presentan plazos de quince días entre pedido y respuesta, pero la agonía no conoce de burocracia.

El espejo español que incomoda
Cuando Noelia apretó el botón de la infusión en Madrid, argentina se miró en ese espejo y vio su propio reflejo distorsionado: la misma edad, la misma enfermedad, distinto final. La noticia cruzó el Atlántico en horas y despertó en Twitter el hashtag #NoeliaSomosTodas, pero en el Congreso solo generó un par de tuits protocolares. La ministra de Salud porteña prefirió no hablar del tema; el presidente, ni mencionarlo.
Massaro advierte que la sociedad ya se adelantó: los hechos siempre llegan antes que la ley. En los grupos de Facebook de pacientes terminales circulan recetas caseras, dosis de morfina que sobraron en alguna casa, consejos de cómo simular un accidente. La legislación calla y el mercado negro habla: un frasco de pentobarbital cuesta lo mismo que un auto usado, pero promete un final sin intubaciones ni comités.
La abogada cierra la entrevista con una frase que suena a epitafio: «La autonomía no es un privilegio, es una deuda que el Estado tiene con quien ya no puede esperar». Mientras cuatro proyectos siguen sin fecha de tratamiento, los relojes de los enfermos marcan el tiempo que la política se niega a contar. La próxima vez que una Noelia argentina pida morir, la respuesta seguirá siendo la misma: «No está permitido». Y la muerte, ajena a debates parlamentarios, seguirá cobrando sus cuentas en silencio.
