El debate que no debatió: 35 candidatos, 90 minutos y cero propuestas

La foto oficial era una sonrisa de carnaval: doce candidatos posando como si fueran equipo, cuando en realidad son una manada de lobos con el mismo trozo de carne electoral entre los dientes. Detrás del photocall, Keiko Fujimori cruzó miradas con Rosario Fernández, Mesías Guevara le susurró algo a Jorge Nieto y nadie estrechó la mano de nadie. Un gesto resume la noche: protocolo sin confianza.

El formato asesinó el contenido

Richard Arce, excongresista que ya vio destrozarse debates en el 2016, no se anduvo con eufemismos: “Esto no es un debate, es una feria de diagnósticos”. Y clava el dato: 35 candidatos, 90 minutos, 2,5 minutos por cabeza. Con esa cápsula temporal ni siquiera da tiempo de nombrar tres leyes. El resultado fue una sucesión de titulares sin cuerpo: “bajaremos la inflación”, “terminaremos la corrupción”, “recuperaremos la seguridad”. ¿Cómo? Silencio. El moderador pasaba lista como quien reparte tickets de banco.

La lógica de grupo mató la réplica. No hubo dúplica, ni contra réplica, ni siquiera una pregunta de seguimiento. El Jurado Nacional de Elecciones priorizó la paridad numérica sobre la profundidad argumental. Entonces el debate se volvió performance: sonó el timbre, cada uno soltó su frase latiguillo, y a otra cosa. El espectador se quedó con la sensación de haber visto un trailer de 12 películas distintas, ninguna con final.

El diagnóstico que nadie pidió

El diagnóstico que nadie pidió

Keiko arrancó hablando de los “25 años de gobiernos antifujimoristas” y deslizó su victimología clásica. Roberto Chiabra prometió “economía de mercado con rostro humano”, sin aclarar si el rostro pagará impuesto predial. Enrique Valderrama describió la pobreza como si acabara de descubrirla. Paul Jaimes dedicó sus 150 segundos a denunciar a la élite, sin mencionar que fue parte de ella hasta el año pasado. Todos coincidieron en que el país está en crisis; nadie explicó cómo salir de ella sin afectar su propio candidato.

La pantalla se llenó de estadísticas sin fuente. “El 68 % de peruanos vive en pobreza” —falso, es 27 %—. “El 90 % de contratos es informal” —el INEI dice 73 %—. Pero el reloj no daba para fact-checking. El moderador asentía y cambiaba de tema. La verificación quedó para Twitter, donde los tuiteros convertían cada cifra errada en meme antes de que terminara la frase.

El negocio del insulto

El negocio del insulto

Cuando no cabe propuesta, cabe el golpe bajo. Herbert Caller llamó “neoliberal” a Rafael Belaúnde; Rosario Fernández le devolvió “populista de tercera”. Ronald Atencio acusó a Antonio Ortiz de plagiar su plan de agua potable; Ortiz respondió que Atencio ni siquiera tiene plan. Los ataques personales generan cinco veces más interacción en TikTok que los segmentos de políticas públicas. La campaña lo sabe y ya editó los videos: 15 segundos de insulto, música de suspenso, logo del partido. Listo para viralizar.

Arce advierte el costo: “Cuanto más rabia, menos voto útil”. Los segmentos A y B ya decidieron; el electorado flotante habita en redes y allí el algoritmo premia la bronca. El riesgo es que el próximo presidente llegue por clip de agresión, no por programa de gobierno. Y una vez en Palacio, el clip se olvida, pero el país sigue esperando el plan.

La próxima cita es el 12 de abril

Tras la segunda jornada del debate, la foto volvió a repetirse: mismo escenario, mismas sonrisas de plástico, mismo vacío. Los candidatos se estrecharon la mano frente a las cámaras y se ignoraron tras el telón. Quedan 13 días para la elección y 30 % de indecisos, según Ipsos. El ganador de anoche no subió al estrado; fue el algoritmo que convertió la descalificación en views. Mientras tanto, el formato sigue intacto. El Jurado Nacional de Elecciones celebró “orden y puntualidad”. Le faltó añadir: “y silencio sobre el fondo”. Perú aprendió el diagnóstico de memoria; falta la receta, y el tiempo se agota.