El dólar roza los 60 pesos y el banco central ya vislumbra 69 para 2027
El dólar cerró ayer en 59,74 pesos dominicanos y el país entero parece haberse detenido a mirar la cifra. No es para menos: la divisa rompió dos días seguidos a la baja, dibujó un alza del 0,37 % en 24 horas y deja tras de sí un rastro de volatilidad que los cambistas de la calle El Conde ya palpan en la yema del dedo.
Lo que nadie cuenta es que la cotización es solo la punta del iceberg. El banco central acaba de deslizar su hoja de ruta: 66,35 pesos en septiembre de 2026 y 69,15 doce meses después. Traducción: el billete verde ganará 16 % de terreno en 18 meses. La depreciación vendrá «controlada», prometen, pero el bolsillo del consumidor sabe que «controlado» suena muy distinto cuando se traduce en precios de supermercado.
El motivo real de la presión cambiaria
Detrás del tipo de cambio hay un túnel de datos. Las tasas de interés, por ejemplo, comienzan a ceder después de un año en niveles estratosféricos. La Reserva Federal aún no baja, pero el mercado ya descontó tres recortes en 2024. Ese diferencial —menos atractivo del peso— empuja capitales hacia afuera y encarece la divisa. A eso súmele la fiebre importadora: República Dominicana compra en dólares el 70 % de lo que consume, desde gasolina hasta galletas. Cada contenedor que entra por Haina suma presión.
La energía es otro capítulo. El país importa el 82 % de su electricidad y cuando el petróleo se dispara —como ocurrió en febrero— el banco central debe vender reservas para suavizar el trago. Ayer quedaron 14.312 millones de dólares en la caja, 440 millones menos que en enero. La sangría es lenta, pero constante.

El plan que apuesta al 4 % de crecimiento
El gobierno, lejos de encogerse, sacó la calculadora. El Congreso aprobó un presupuesto suplementario que eleva el gasto de capital en 0,4 puntos del PIB para 2025. El déficit trepará al 3,5 %, pero la lógica es clara: más infraestructura, más inversión privada, más empleo. El Ministerio de Hacienda promete que en 2026 el rojo bajará al 3,2 % y habrá superávit primario de 0,5 %.
UBS, que acaba de pasar la lupa al país, cree que la jugada puede salir. Sus analistas proyectan un PIB creciendo al 4 % en 2026, impulsado por turismo, zona franca y energía. La inversión extranjera directa rondará el 3,5 % del PIB, suficiente para tapar la brecha externa. El déficit por cuenta corriente se quedará en 2-2,5 %, lejos del 8 % que desató crisis pasadas.
Pero hay un detalle que no figura en los PowerPoint: el 58 % del PIB es deuda pública. Si los huracanes deciden azotar dos años seguidos o si el Congreso se vuelve un ring, la cuenta se puede ir al traste. El informe lo admite entre líneas: «riesgos climáticos y de gobernabilidad».

La calle ya hace sus cuentas
Mientras los técnicos dibujan curvas, Doña Juana en Los Alcarrizos convierte 1.000 pesos a 16,75 dólares para comprar sacos de arroz. «Cada vez rinde menos», se queja. El taxi que la lleva cobra en efectivo y ajusta la tarifa cada viernes. En la zona franca de San Pedro de Macorís, los exportadores de textiles celebran la depreciación: sus contables calculan 4 millones de dólares extra por cada centavo que sube el cambio. El país vive un eterno juego de suma cero.
El banco central promete que intervenirá «si la volatilidad se dispara». El mercado traduce: venderán hasta 400 millones al mes. La última vez que intentaron frenar la divisa, en 2020, gastaron 2.000 millones en seis semanas y el tipo de cambio igual terminó en 58. La lección quedó grabada.
La apuesta es arriesgada: crecer sin desatar la inflación, mantener el tipo de cambio sin agotar reservas, endeudarse sin perder el grado de inversión. El dólar ya marcó 59,74. En la próxima rueda puede saltar a 60. Y cuando eso ocurra, los 69 pesos proyectados para 2027 dejarán de parecer un número de Excel para convertirse en la nueva normalidad.
