El domingo que israel cerró la puerta al patriarca en jerusalén
La policía israelí cruzó ayer los brazos y el patriarca latino se quedó fuera. Pierbattista Pizzaballa, cardenal y custodia de la comunidad católica en Tierra Santa, se plantó ante la puerta de la Iglesia del Santo Sepulcro con los tres sacerdotes que lo acompañaban: la llave de los cristianos en Jerusalén no abrió esta vez. Era Domingo de Ramos y el protocolo marcaba una misa privada, sin procesión, sin fieles, sin alharaca. En la Ciudad Vieja solo se permiten grupos de menos de cincuenta personas, pero ellos eran cuatro. Aun así, el cordón policial ni se inmutó.
La frase que enfureció a washington
Mike Huckabee, embajador de Estados Unidos en Israel y aliado incondicional del gobierno de Netanyahu, rompió filas. «Un desafortunado exceso que ya está teniendo importantes repercusiones a nivel mundial», escribió en X. La diplomacia norteamericana suele templar sus críticas; ayer no encontró adjetivo más suave. La oficina del primer ministro esgrimió «motivos de seguridad» para mantener cerrados los recintos sagrados. La misma excusa que bloqueó la entrada de musulmanes a la Explanada de las Mezquitas durante Ramadán. Misma retórica, distinto efecto: esta vez el veto alcanzó a un cardenal italiano que llega a la iglesia a pie y sin escolta.
La versión del Patriarcado latino es tajante: no había «rastro de procesión ni acto ceremonial». Solo un acto de fe contenido, como la ciudad que lo alberga. Jerusalén lleva meses convertida en laberinto de controles, vallas y revisiones express. Los servicios de emergencia temen no poder acceder a la Ciudad Vieja en caso de ataque; la policía traduce ese temor en restricciones que acaban siendo veto religioso. El resultado: el sepulcro vacío de la liturgia católica el día que celebra la entrada triunfal de Jesús.

Jerusalén, ciudad de candados
El incidente dura lo que un rosario, pero desnuda una tensión crónica. Los lugares santos funcionan como termómetro de la convivencia: cuando sube la temperatura política, las puertas se cierran. La semana pasada fueron los fieles musulmanes los que rezaron bajo la lluvia de porras fuera de las murallas. Ayer le tocó al cristianismo internacional. Mañana nadie sabe quién se quedará fuera. La Ciudad Vieja ya no distingue entre Ramadán y Semana Santa: aquí todos los calendarios se doblan al mismo cerco de seguridad.
El Vaticano ha convocado «urgentes consultas» con la representación israelí. El cardenal Pizzaballa, hombre que suele hablar en voz baja, ha pedido «respeto a los acuerdos de estatuto que garantizan el libre acceso». La frase suena a misa, pero es un aviso diplomático: el Concordato de 1994 establece la libertad de culto en los lugares bajo custodia cristiana. Israel puede invocar la guerra, pero el derecho internacional no admite excepciones indefinidas.
Mientras, en la puerta del Santo Sepulcro quedan los restos de una corona de olivo que alguien intentó colgar anoche. La policía la retiró al amanecer. En Jerusalén, hasta los ramos se confiscan si sospechan de procesión.