El ejército somalí entra en baidoa y desata la tormenta entre mogadiscio y los estados
El fusil del 21º batallón somalí cruzó anoche la plaza del mercado de baidoa. En menos de tres horas, la capital del Estado del Sudoeste pasó de ser feudo de Abdiaziz Hassan Mohamed Laftagareen a territorio ocupado por las tropas federales. El presidente regional, reelegido el sábado pese al veto de Mogadiscio, guarda silencio mientras sus milicias desertan por docenas.
La constitución que hizo explotar la mecha
El detonante no fue un disparo, sino un artículo. El 8 de marzo, el Parlamento aprobó la primera Constitución permanente desde 1991. Extender el mandato presidencial de cuatro a cinco años parecía una anécdota hasta que Laftagareen interpretó la jugada: Mohamud quiere perpetuarse y reducir a los estados a simples oficinas provinciales. La ruptura fue inmediata: relaciones congeladas, convocatoria de elecciones anticipadas y, sobre todo, la promesa de crear un ejército regional que hiciera frente a cualquier «invasión» federal.
La promesa se desmoronó esta madrugada. Los vehículos blindados entraron por el norte de la ciudad sin encontrar resistencia organizada. Fuentes del Ministerio de Defensa aseguran que más de 270 milicianos han depuesto las armas ante la oferta de indulto. El teléfono del gobernador suena en blanco; sus asesores hablan de «retirada táctica» y de «reevaluar la situación».

Al-shabab observa desde la periferia
Mientras Mogadiscio celebra con precaución, el verdadero ganador podría estar a 40 km, entre la espesura de acacias que domina el distrito de Burhakaba. Allí, los combatientes de Al-Shabab han incrementado los controles carreteros desde la semana pasada. El grupo yihadista perdió Baidoa en 2012, pero nunca dejó de cobrar impuestos en los pueblos cercanos. Ahora, con la élite del Sudoeste desbandada y el Ejército federal apostado en una ciudad hostil, el escenario es de viento en popa para una contraofensiva.
El presidente somalí lo sabe. Por eso su primer mensaje tras la ocupación no fue de victoria, sino de súplica: «Pido calma, unidad y solidaridad». Traducido: no hay tropas suficientes para sostener Baidoa, perseguir a Laftagareen y contener a Al-Shabab al mismo tiempo.
El fantasma de 1991 recorre el país
Quienes tienen más de cuarenta años en Mogadiscio recuerdan la noche en que el general Mohamed Siad Barre huyó hacia el aeropuerto. Treinta y tres años después, el mapa vuelve a teñirse de fragmentos. El presidente de Puntlandia, Said Abdullahi Deni, ya advirtió que cualquier intervención federal en su territorio será considerada «acto de guerra». Jubalandia, al sur, blindó el aeródromo de Kismaayo con tanques donados por Etiopía. Laftagareen, aunque derrotado simbólicamente, conserva el apoyo de los clanes digo-mirifle que controlan el corredor cerealero del país.
La operación de Baidoa, pues, no cierra un capítulo; abre una página en blanco que Al-Shabab se apresura a rellenar. La cifra habla por sí sola: el 63 % del territorio somalí sigue bajo influencia yihadista pese a los 18 años de misión de la Unión Africana. Cada nuevo desencuentro entre clan y Estado es un territorio ganado para la insurgencia.
Mientras tanto, en el mercado de Baidoa vuelve a ollearse cardamomo y khat. Los puestos reabrieron al mediodía, cuando los tanques se estacionaron frente al edificio del Parlamento regional. Nadie sabe cuánto durará la calma. La historia de Somalia se escribe con la misma pluma desde hace tres décadas: la del que carga el fusil más temprano.
