El embajador iraní que beirut no consigue expulsar y el vacío de poder que lo permite

Mohamad Reza Shaibani todavía despacha en la embajada de la República Islámica, aunque el calendario marcaba el domingo como su último día de plazo. El café de la mañana lo sigue tomando en la colina de Bir Hassan, a metros de donde Israel mató a cuatro comandos de la Fuerza Quds hace diez días. La razón es simple: nadie en el Líbano parece tener la llave para abrirle la puerta de salida.

Una expulsión que nadie ejecuta

El ministerio que firma el papel no controla el suelo. El presidente que debería sellar la validez del papel aún no ha presentado al embajador ante palacio. Y el Consejo de Ministros, que según la Carta Magna es el único órgano que puede ejecutar decisiones de política exterior, lleva semanas sin reunirse por el bombardeo israelí sobre Beirut. Resultado: Shaibani sigue con inmunidad diplomática mientras Yusef Rayyi, titular de Exteriores y miembro de las Fuerzas Libanesas, se quema en televisión exigiendo su salida.

El vacío no es jurídico, es de fuego. Israel ha arrasado la sede del comando de Hizbulá en el sur y amenaza con «expandir la operación» hasta el aeropuerto si el embajador iraní intenta salir por la vía aérea. En la práctica, Shaibani está atrapado en su propia fortaleza: abandonar el país supone cruzar un corredor de aviones nocturnos y drones de vigilancia que ya derribaron dos cargamentos de armas iraníes en Siria este mes.

El argumento que hizbulá sacó del cajón

El argumento que hizbulá sacó del cajón

La Asamblea de Abogados del movimiento chií no ha perdido el tiempo: publicó un dictamen de ocho páginas que cita el artículo 53 de la Constitución —«el presidente es quien acredita y retira a los jefes de misión»— y el precedente de 1952, cuando Beirut obligó a irse al nuncio apostólico por decreto presidencial. El mensaje es claro: sin la firma de Joseph Aoun, Rayyi está hablando solo. Y Aoun, excomandante del Ejército, no quiere ahora ser el presidente que firma la expulsión de Irán mientras los tanques israelíes avanzan hacia el Lítani.

El detalle que nadie verbaliza: la presidencia venció su mandato hace dieciocho meses. Aoun ocupa el palacio por prórroga parlamentaria, sin quorum para elegir sucesor. Su autoridad, ya de por sí debilitada, se hace trizas si se enfrenta a la única potencia regional que mantiene vivos los misiles de Hizbulá contra Tel Aviv.

El café que observan dos ejércitos

Desde la terraza de la embajada, Shaibana ve cada madrugada los destellos naranja de los bombardeos sobre Ghaziyeh. A tres kilómetros, los vehículos israelíes patrullan el cruce de Adaisa, donde la Fuerza Quds entrenó a los primeros milicianos de Nasralá en los ochenta. La embajada, en realidad, es un anexo militar disfrazado de legación: sótano con fibra óptica propia, antenas de comunicación camufladas entre palmeras y una cisterna de agua que duplica como refugio antibomba. Israel lo sabe. Por eso no ha atacado el edificio: prefiere tener a Shaibani bajo vigilancia que convertirlo en mártir.

En Teherán, la cancillería interpreta la resistencia como una victoria simbólica. «Si Beirut no puede echar a nuestro embajador, ¿cómo va a expulsar a Hizbulá del sur?», se jacta un asesor del ministerio que pidió anonimato. La lógica es perversa: cuanto más débil el Estado libanés, más espacio queda para la órbita iraní.

La partida terminará cuando Israel decida si negociar un corredor aéreo para evacuar a los diplomáticos iraníes o convertir la embajada en un nuevo objetivo. Mientras tanto, el café de Shaibani sigue hirviendo cada mañana a las siete. Y en el Líbano, la soberanía sigue siendo una invitación que nadie confirma.