El estrecho que desata el hambre: ormuz corta el grano y dispara el precio del plato
Ginebra acaba de confirmar lo que los silos de Asia y los campos de África ya olían: si Ormuz se tambalea, el plato se encarece. La UNCTAD publica este lunes que el paso por el estrecho ha perdido el 95 % de sus buques: de más de cien diarios a menos de diez. Con ellos desaparece el 13 % del nitrógeno que fertiliza al planeta y el 9 % de los fosfatos que lo hacen crecer.
El golpe de trasmallo llega por sorpresa
Ormuz no solo mueve crudo. El organismo de la ONU desglosa la carga fantasma que viaja entre sus aguas: gas natural licuado que se convierte en urea, amoníaco que se transforma en fertilizante, granos que nunca llegarán a puerto. La cadena se rompe en tres eslabones: materia prima, transporte y seguro. El resultado es un círculo vicioso que encarece el campo antes de que la semilla germine.
La lista de damnificados empieza en Sudán, que importa el 54 % de sus fertilizantes del Golfo, pasa por Sri Lanka (36 %) y acaba en Australia (32 %). Tres continentes, una misma dependencia. La cifra habla por sí sola: cuando el estrecho se estrecha, la hambruna se ensancha.
Lo que nadie cuenta es que el desastre ya no es hipotético. El informe recoge facturas de flete que se han triplicado y pólizas que se niegan a renovarse. Cada dólar extra en el barco se convierte en cinco en la huerta y veinte en el mercado. La urea que costaba 300 $ la tonelada en enero ya roza los 600 $ y el amoníaco se ha disparado hasta los 1.000 $.

La trampa se cierra con rapidez de rayo
La trampa se cierra con rapidez de rayo: menos fertilizante, menos cosecha, menos grano. Y cuando falta el grano, sube todo: pan, carne, leche. El organismo advierte que el incremento de los costes energéticos y logísticos ya se filtra en los contratos forward de trigo y maíz que se negocian en Chicago.
Pero hay un detalle que la hoja de balance no registra: el tiempo. La ventana para abastecerse antes de la próxima siembra se cierra en seis semanas. Pasado ese plazo, los agricultores de Asia-Pacífico deberán sembrar con la mitad de nutrientes o dejar la tierra en barbecho. La cosecha de 2025 empieza a dibujarse más pequeña hoy, en la oficina 312 de la UNCTAD, frente al lago Lemán.
El cierre del estrecho no es un conflicto lejano: es un impuesto silencioso que ya se cobra en cada kilo de arroz que hierve en Manila y en cada torta de sorgo que se fríe en Jartum. La organización concluye con una frase que suena a epitafio: «El aumento de los costos de energía, fertilizantes y transporte incrementa los riesgos para la producción de alimentos, el suministro y los precios». Traducción: el hambre ya navega sin rumbo y el seguro no cubre vacíos en el estómago.
