El euro se tambalea en uruguay y el peso se agarra del 46: la pulseada que nadie vio venir

46,48 pesos. Ese fue el número con el que el euro se despidió ayer en Montevideo, 24 centavos menos que el día anterior. La moneda europea retrocedió 0,52 % en una sola sesión y acumula ya tres días sin encontrar piso. Lo que parecía un simple respiro se convierte en una desaceleración que los cambistas del centro ya susurran como “la tregua de abril”.

La volatilidad se esconde tras el mostrador

Mientras los diarios hablan de “estabilidad”, en la calle 25 de Mayo los arbolitos miran el reloj y ajustan la calculadora. La dispersión de 15,11 % que registran los gráficos del año les suena a burla: ellos viven el margen real, el que se marca entre el Banco República y el broker de la esquina. Allí el euro no baja; negocia. Y la negociación, avisan, puede volverse navaja si la Reserva Federal decide apretar otra vez la llave del dólar.

Porque el dólar es el verdadero dueño del baile. El BCU acaba de encolar proyecciones: 40,19 pesos para finales de 2026. Parece lejos, pero es solo 18 meses. El calendario electoral de Estados Unidos, la sequía en el Litoral y el precio de la soja pueden mover la aguja más rápido que cualquier modelo econométrico. El 1,87 % de crecimiento que espera el Banco para el PBI uruguayo en 2026 ya fue recortado una vez; la inflación en 4,40 % es casi un deseo de cumpleaños si el crudo se dispara otra vez.

El peso uruguayo, ese bicho que aprendió a nadar en la crisis

El peso uruguayo, ese bicho que aprendió a nadar en la crisis

La moneda local cumple tres décadas resistiendo. Nació en 1993 para enterrar los millones de ceros que había dejado la hiperinflación y desde entonces se reinventa cada vez que el mundo se le viene encima. Aprendió a flotar libre tras el corralito argentino de 2002 y encontró refugio en la commodities boom de la década siguiente. Hoy, con la economía regional en modo ahorro, el peso se sostiene gracias a las remesas del exterior y al turismo que vuelve a despegar, pero con pasaporte europeo en la mano derecha y tarjeta de crédito en la izquierda.

El gobierno lo sabe. Por eso mantiene el rango meta de inflación del 4,5 % como escudo psicológico: cualquier desvío mayor sería leído como señal de debilidad en un país donde el 60 % de la población vive de sueldo y cuenta gotas para llegar a fin de mes. El desafío no es solo monetario; es narrativo. Hay que venderle a los uruguayos la idea de que el peso vale la pena, aunque el carrito del super cargue cada vez más productos con precio en dólares.

La apuesta está en marcha. El BCU ya empezó a desarmar parte de sus reservas de euros para recomprar pesos en el mercado secundario. No lo dirá en comunicados, pero los movimientos de cuenta lo delatan. El objetivo: evitar que la cotización cruce la barrera de los 47 pesos por euro antes de julio, cuando arranca la temporada alta de turismo y el dólar suele respirar por la ventanilla de Carrasco.

Mientras tanto, el ahorrista de a pie revisa la app del banco y se pregunta si cambiar ahora o esperar. La respuesta está en el aire, como el olor a mate que se escapa de las terminales de ómnibus. El euro puede seguir cayendo. O puede rebotar sin aviso. En Montevideo, las apuestas se cierran a las 15:00, cuando el mercado local se despide y la city porteña toma la posta. Ahí, a 200 kilómetros, otro tipo de cambio empieza a escribirse con otro acento. Y el peso uruguayo, otra vez, se prepara para la próxima marea.