El fango traga la esperanza: 300 rescatistas luchan contra el barro para sacar vivos a cuatro mineros en sinaloa

El lodo no deja respirar. A 300 metros bajo tierra, en la mina Santa Fe de El Rosarito, Sinaloa, 300 rescatistas avanzan como pueden por un túnel que se convierte en trampa. Cuatro mineros llevan 96 horas atrapados. La búsqueda no cesa, pero el barro lo frena todo.

La última vez que se supo de ellos fue el miércoles 25 de marzo, cuando el techo se derrumbó y el agua arrastró toneladas de sedimento. Desde entonces, nadie ha escuchado sus voces. Solo quedan las máquinas, los turnos sin descanso y la promesa de no abandonar.

El ejército subterráneo que pelea contra el tiempo

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El domingo 29 llegaron los especialistas de la Comisión Federal de Electricidad. Vienen a diseñar rutas de escape para el barro, que se comporta como un monstruo viscoso que cierra grietas y bloquea pasillos. También llegó el Grupo Frisco desde Chihuahua: hombres acostumbrados a respirar polvo y dormir entre explosivos. Se suman a Defensa, Guardia Nacional, Semar, el IMSSA, los Lobos de Guanaceví y los Actus. Todos bajo la misma orden: avanzar 1,5 km por las rampas hasta el punto donde, según los cálculos, podrían estar con vida.

La CNPC confirma que el aire llega a 25 °C y que el sistema de alarma está activo. Cualquier crujido, cualquier nueva grieta, dispara la evacuación. Mientras tanto, una mezcla térmica de cemento y resina expansiva intenta sellar los huecos que el agua abrió. El lunes debe llegar el refuerzo químico. Si el barro se detiene, quizá los cuerpos resistan.

En la superficie, El Rosarito parece un pueblo que se olvidó del sol. Las mujeres de los mineros no han cambiado de ropa en cuatro días. Prefieren no hablar: dicen que si hablan, se rompe el encanto. La cifra habla por sí sola: 42 vehículos, 300 rescatistas, 24 horas seguidas. Y cuatro nombres que nadie quiere borrar.

La mina Santa Fe no es nueva en la lista negra. Hace tres años, otro derrumbe dejó dos heridos graves. La Secretaría del Trabajo prometió inspecciones mensuales. Las promesas se quedaron arriba. Ahora, el gobernador Rubén Rocha Moya asegura que “no escatimaremos recursos”. Lo que no dice es que la mina siguió operando sin plan de emergencia actualizado, sin rutas de evacuación señalizadas y sin un sistema de monitoreo de gases que funcionara aquel miércoles.

El lodo no olvida. Cada palada que se retira vuelve a colarse. Los rescatistas avanzan con detectores de metano y oxígeno en el pecho. El miedo huele a azufre, pero el miedo no puede gritar. Se turnan cada seis horas. Algunos duermen sentados sobre los tanques de aire. Otros fuman en silencio, mirando el socavón como quien mira un abismo que devora.

La noche del domingo, un ingeniero de la CFE bajó con un termómetro láser. Midió la pared: 38 °C. El barro hierve por dentro. Si los mineros están en una cámara seca, tienen hasta 72 horas más antes de que la deshidratación los venza. Si el agua sigue subiendo, el tiempo se reduce a minutos. La cuenta atrás no se ve en ninguna pantalla; se siente en la garganta de quienes escuchan cada golpe de pico como un latido ajeno.

El lunes amaneció con lluvia ligera. En la superficie, los periodistas preguntan por “avances”. La CNPC responde con un mapa de rutas y un silencio incómodo. No hay avances, solo resistencia. El gobernador sube a la zona para la foto oficial. Se va en 20 minutos. Los familios se quedan, sentados en plásticos azules, mirando el hoyo que les robó la vida.

La última llamada de auxilio fue interna: un radio portátil que crujió y se apagó. Desde entonces, solo el eco de las máquinas. La consigna es clara: no se suspende la búsqueda mientras haya un rescatista con fuerzas. Pero el barro no entiende de consignas. El barro solo sabe tragarse esperanza, gota a gota, palada a palada.