El fuego devora 400 hectáreas en losar de la vera y expone la cadena de negligencias del campo extremeño
Llama tras llama, el domingo se convirtió en infierno en Losar de la Vera. El incendio que todavía arde ha calcado 400 hectáreas de matorral de alta montaña y ha dejado al descubierto la misma grieta de siempre: la quema ganadera mal apagada. Cuatro helicópteros bomberos, seis unidades helitransportadas y un técnico de extinción se baten ahora contra un fuego que trepa por laderas donde ni los camiones se atreven a entrar.
La quema que se escapó de las manos
La sospecha es tan vieja como la práctica: un pastor quiso rejuvenecer pastos y la brisa de La Vera hizo el resto. El Plan Infoex ya apunta a una quema ganadera como origen del siniestro. No es un caso aislado. Entre sábado y lunes, extremadura contabiliza catorce incendios forestales, todos en la misma franja norte, todos con la misma huella: negligencia agrícola.
La cadena es implacable. Pinofranqueado, Arroyomolinos de la Vera, Piornal, Robledillo de la Vera, Calzadilla, Valverde del Fresno, Santa Cruz de Paniagua, Montánchez, Acebo, Pasarón de la Vera, Madrigal de la Vera y Navaconcejo. Trece nombres que, en menos de 48 horas, han compartido humo, ceniza y la misma causa: el fuego mal utilizado.

La orden que nadie obedece
Desde el 27 de octubre rige la orden de peligro bajo de incendios forestales. Su texto es claro: quemas agrarias sí, pero con autorización previa y sin viento. El viento soplaba el fin de semana. La autorización brillaba por su ausencia. La Consejería de Gestión Forestal y Mundo Rural ha tenido que salir al paso para recordar lo que ya debería ser obvio: quemar sin control es delito, no tradición.
La región vive un viernes negro prolongado. Los pastos necesitan rejuvenecerse, pero el pasto que ahora cubre las laderas de Losar es ceniza. La montaña extremeña, acostumbrada a la sequía, no está preparada para esta liturgia anual de fuego y excusa.
El balance es demoledor: 400 hectáreas perdidas, varias aldeas en precaución y una docena de incendios que podrían haberse evitado con un poco de sentido común. La próxima vez que alguien encienda una cerilla en la Vera, quizá debería recordar que el pasto nuevo huele a humo antes que a flores. Y que el fuego, cuando se escapa, no entiende de pastos ni de ganado: solo devora lo que encuentra.
