El fuego devora sierra espuña y el viento juega en su equipo
Las llamas trepan por laderas de pinar que ayer eran verde esmeralda. A mediodía, la alarma saltó en El Llano de las Cabras: humo negro, viento desatado, un incendio que ya ha quemado más de 400 hectáreas y amenaza con saltar la carretera RM-502. En Totana, los veculos escuchan el martilleo de los helicópteros como quien oye tambores de guerra.
La Región de Murcia ha desplegado el Plan Infomur en su fase máxima. Dos hidroaviones del Ministerio para la Transición Ecológica sobrevolarán al amanecel; la UME ya tiene la mochila en la puerta de su cuartel de Torrejón. El presidente Fernando López Miras ha tomado la palabra en X: «Si el viento gira, pedimos refuerzos nacionales sin esperar». En la misma red, el delegado del Gobierno, Francisco Lucas, reclama la mesa de coordinación: «No hay tiempo para protocolos cuando el humo cruza términos municipales».
El viento, el verdadero enemigo
Rachea de 55 km/h. Esa cifra lo explica todo. Los técnicos calculan que cada ráfaga avanza la línea de fuego 25 metros. Por eso, a las 14:30, cuando el termómetro marcaba 28 °C y la humedad rondaba el 20 %, el incendio se bifurcó en dos frentes. Uno se come la ladera oeste hacia Alhama; el otro, más traicionero, acecha la urbanización de La Bastida, donde 120 viviendas ya han recibido la orden de preparar la documentación y un botiquín.
Desde el CECOPI de Murcia, la veintena de operadores de teléfono ha recibido 317 llamadas en cuatro horas. «Me quedo sin casa», ha repetido una vecina hasta quedarse afónica. Nadie le ha podido dar un horizonte.

La máquina de fuego ya tiene marca
En la base de Totana, los 56 bomberos del Consorcio revisan mangueras y motosierras. Han traído refuerzos desde Lorca, Molina y Alcantarilla. En la pista provisional han aterrizado dos Kamov con depósitos de 4 000 litros; esperan la llegada de un Erickson Air-Crane que puede catar 10 000 litros en una sola embestida. Pero el fuego ya ha dibujado su firma en el mapa: un perímetro de 14 kilómetros que crece 3 cada hora.
Los alcaldes de Totana, Alhama y Mula han cerrado senderos y carreteras forestales. La Guardia Civil ha montado controles en la A-7 para evitar a los curiosos: la tragedia no admite espectadores. Mientras, los brigadistas forestales —los hombres y mujeres que conocen cada rambla— caminan con 25 kg a la espalda hacia la cresta. Su misión: abrir cortafuegos de 50 metros antes de que el sol caiga y el viento cambie de dirección.
La noche será larga. El Plan Infomur prevé activar el Nivel 2 si el frente supera los 500 metros de ancho. El centro de coordinación ya ha pedido a la AEMET un modelo de viento hora por hora. La predicción: rachas de componente oeste hasta las 3 de la madrugada. Traducción: el fuego podría doblar su tamaño antes del amanecer.
En 1994, la misma sierra ardió durante seis días y dejó 1 800 hectáreas en ceniza. Hoy, los mapas de riesgo están pintados de rojo intenso. La consejera de Transición Ecológica ha anunciado que pedirá al Gobierno central declarar la zona catastrófica: es la única vía para desbloquear fondos que permitan reforestar con pino laricio y romero antes de que la próxima ola de calor convierta la montaña en pólvora otra vez.
Cuando el sol se oculte detrás de Carrascoy, los helicópteros dejarán de volar. Entonces, solo quedará el resplandor anaranjado sobre la sierra y el eco de las motosierras. Los vecinos de Totana encienden luces en sus porches, no para ver, sino para contarse que siguen ahí. El incendio puede arrasar árboles, pero no la certeza de que mañana volverá a soplar el viento y, con él, la misma amenaza.