El general que dinamitó birmania se compra la presidencia con 247 votos
Min Aung Hlaing ha dejado de ser general para convertirse en presidente. Lo ha hecho con 247 de 260 papeletas en una cámara donde los uniformados mandan desde el asiento 1 hasta el 260. El golpe de Estado que perpetró en 2021 ahora se viste de traje: el mismo hombre que encarceló a Aung San Suu Kyi y encendió la guerra civil más cruenta de las últimas décadas firma su propio indulto diplomático.
La jugada se fraguó en la madrugada del lunes, cuando el alto mando le exigió la jubilación como jefe del Ejército. A las 48 horas, la Cámara Baja —dominada por el Partido de la Unión Solidaridad y Desarrollo, la marca política de la dictadura— lo proclamó candidato presidencial. El reglamento interno de la junta le da la razón: quien sume más votos entre las tres ternas —una por cámara y otra por el bloque militar— se lleva el palacio presidencial. Nadie dudó del resultado.
Detrás del teatro parlamentario hay un objetivo claro: lavar la imagen internacional. La comunidad diplomática lleva tres años sin reconocer al régimen; las sanciones europeas y estadounidenses estrangulan las cuentas de los generales. Con un presidente “civil” —aunque lleve treinta años de fajín—, la junta calcula que algunos gobiernos del sudeste asiático podrían relajar el cerco. Lo que no ha calculado es el efecto en la resistencia.

La oposición responde con fuego real, no con votos
Mientras los diputados aplaudían, tres drones bomba se estrellaban contra la Academia de Defensa de Pyin Oo Lwin, la fortaleza militar donde se forman los futuros coroneles. La milicia local Karenni ya reivindicó el ataque. Es la tercer semana consecutiva que las fuerzas civiles —ahora agrupadas en la llamada “guerra de cohetes improvisados”— golpean dentro de las líneas que antes parecían intocables.
La espiral no da tregua: 2.800 civiles asesinados desde el golpe, medio millón desplazados y una economía que ha retrocedido a niveles de 2005. El kyat se devaluó un 220 %; el arroz cuesta el triple que hace dos años. En los mercados de Yangon se comenta que los generales necesitan urgentemente un presidente con pasaporte válido para volar a Singapur y vaciar cuentas antes de que los bancos occidentales congelen hasta el último dólar.
El dato que nadie menciona en la ceremonia: Min Aung Hlaing controla el 60 % del presupuesto nacional a través de dos holdings militares —Myanma Economic Holdings y Myanmar Economic Corporation— que importan desde gas hasta latas de Coca-Cola. La presidencia le asegura la llave del resto: fondos de infraestructura, ayuda humanitaria y, sobre todo, el oro que compra China para alimentar la maquinaria de guerra interna.
En la carretera que une Naypyidaw con Mandalay, los camiones del Ejército avanzan de noche con los faros apagados. Los campesinos dicen que llevan frescas ametralladoras chinas y cajas de votos que nadie llenó. La transición que anuncia la junta empieza así: con un general que se autonombra presidente mientras su país se desangra a la luz de las lunas nuevas.