El golfo se enciende: irán pulveriza 2.338 proyectiles contra emiratos y baréin en 30 días

Un mes bastó para que la guerra entre Washington-Tel Aviv y Teherán dejara de ser un episodio lejano y se convirtiera en un bombardeo diario contra los vecinos más ricos del golfo Pérsico. Emiratos Árabes Unidos acaba de desvelar que sus baterías interceptaron 429 misiles y 1.914 drones iraníes desde el 14 de febrero. baréin, más pequeño y vulnerable, suma otros 174 misiles y 391 drones. Las cifras parecen de simulación bélica, pero los cadáveres —y el humo que aún sale de los tanques de Fujairah— son reales.

Los límites del escudo antimisiles

El régimen de Abu Dabi presume de una eficacia del 92 % en sus intercepciones, gracias a los THAAD y Patriots que compró a EE.UU. después de los ataques de 2019. Pero basta con que uno de cada diez proyectiles filtre para que el pánico se instale: un dron Shahed-136 cargado con 40 kg de explosivos alcanzó el sábado la refinería de Fujairah y dejó una columna de fuego visible desde la autopista Sheikh Mohammed bin Zayed. El impacto mató a dos soldados emiratíes y a un técnico marroquí que reparaba turbinas. En total, nueve nacionalidades figuran en la lista de heridos: suecos que veranaban en Dubai, nepalíes que limpiaban plataformas, bangladesíes que construían hoteles. La guerra ya no discrimina pasaportes.

En baréin, la Quinta Flota de EE.UU. intenta proteger su cuartel general en Manama, pero los Houthis —con asistencia iraní— han perfeccionado la ruta: lanzan desde pequeñas lanchas en aguas iraníes, cruzan 300 km de golfo y se desploman sobre la isla de Sitra, donde está el depósito de crudo más grande del reino. Allí murieron dos trabajadores pakistaníes el 9 de marzo. El gobierno bareiní, acostumbrado a reprimir disidencia chií, ahora reprime fotos de los impactos: ha prohibido publicar imágenes de restos de misiles bajo pena de cárcel por “difusión de rumores”. Lo que no puede censurar es el olido a queroseno que impregna la capital.

Del petróleo a la ruptura diplomática

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Abu Dabi ya no solo cierra filas: cerró embajada. El 15 de febrero, 24 horas después del primer disparo, ordenó a su personal abandonar Teherán y congeló los activos iraníes depositados en los bancos centrales de Dubai y Sharjah. La medida afecta unos 8.000 millones de dólares que Irán guardaba para sortear sanciones. Anwar Gargash, consejero presidencial, lo resume en X: “Nos mintieron durante años. Ahora pagarán”. La retórica suena a desquite, pero detrás hay un cálculo frío: cuanto más castigue a Irán, más rédito político obtiene frente a Washington, que ya negocia nuevas baterías Patriot para Qatar y Kuwait.

El problema es que cada interceptación cuesta entre 2 y 3 millones de dólares por misil. Multiplicado por los 603 proyectiles que aún quedan por disparar —según la inteligencia israelí—, el gasto superaría el presupuesto anual de salud de Emiratos. Mientras tanto, los seguros marítimos duplicaron prima en el estrecho de Ormuz y la Bolsa de Dubai perdió un 18 % en tres semanas. El lujo tiene fecha de caducidad si los turistas dejan de llegar.

Irán apunta a la cornisa de la otan árabe

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Los analistas de Langley creen que Teherán no busca ocupar Abu Dabi, sino desgastar la alianza que Washington construye contra él: una OTAN árabe con sede en Riad, financiada por petrodólares y armada por EE.UU. Cada dron que cae cerca del puerto de Jebel Ali —el más grande del Medio Oriente— es un recordatorio a los inversores: su dinero no estará a salvo mientras apoyen a Israel. Irán lo sabe y aprieta donde duele: los emiratos dependen del 30 % de su PIB del comercio portuario.

En los próximos días, Riad enviará a sus F-15 para patrullar el espacio aéreo bareiní y Qatar abrirá sus bases a aviones franceses. Pero la escala del conflicto ya supera la capacidad defensiva regional. El Pentágono calcula que Irán aún conserva 3.000 misiles balísticos listos para lanzar y que su industria de drones puede fabricar 400 al mes a pesar de los bombardeos israelíes. La región se prepara para una guerra de desgaste que podría durar años, no meses.

La última imagen es la más desoladora: un dron derribado cayó sobre el campo de golf de Abu Dabi, a metros del hotel Fairmont donde el mes pasado desayunaban turistas británicos. Entre los restos carbonizados, los bomberos encontraron un cartón escrito en farsi: “Su seguridad es una ilusión”. Lleva la firma de los Guardianes de la Revolución. No es propaganda: es la nueva normalidad en un golfo que ya no sabe si su escudo es un escudo o una cárcel de hierro.