El humo tiñe de rojo el cielo de los guájares: infoca rueda dos helicópteros para frenar el fuego
Las campanas del domingo aún no habían dejado de repicar cuando un cordón de humo color herrumbre se alzó sobre la vega de Los Guájares. Eran las 17:43. En menos de diez minutos, el viento del río hizo trizas la frontera entre el olivar y el monte bajo, y el incendio empezó a devorar hectáreas de pinar y almendro con una voracidad que los agricultores del lugar califican de «bestia desatada».
La primera llamada llegó desde una casa cueva de Los Guájares, un pueblo a 850 metros de altitud donde todavía se reparten aceitunas con cajas de madera. La operadora de Emergencias 112 Andalucía escuchó un «arde todo» y un silbido que parecía el de una hoz cortando el aire. A las 18:05, el Plan Infoca pasó de situación 1 a 2: humo visible desde la A-44 y columnas de llamas de más de cuatro metros.
El dispositivo se multiplica por tres en 20 minutos
Lo que empezó con una brigada de trece forestales se convirtió en un despliegue de tres dotaciones terrestres, la Brigada Especializada en Incendios Forestales (BEIF) y dos técnicos de operaciones que llevan en la mochila un dron termográfico valorado en 42 000 euros. El autobomba pesado —un Volvo de 26 toneladas con capacidad para 9 000 litros— subió por el camino de la Umbría a 12 km/h mientras un helicóptero pesado Kamov Ka-32 batía el aire con sus contrarrotores como un reloj desbocado.
El segundo, un H215 ligero, realizó descargas en picado de 1 300 litros cada 35 segundos sobre la flama principal, una lengua que avanzaba por el barranco de la Yedra con pendientes del 55 %. Desde tierra, los forestales abrieron cortafuegos con motosierras Husqvarna 572 XP que alcanzan 14 000 rpm; el ruido se mezclaba con el crujido de los troncos y el aullido de las sirenas que devolvían el eco en el valle.

El viento, el enemigo que no figura en el parte
La predicción de la Agencia Estatal de Meteorología anunciaba racheas de 35 km/h; en la loma de El Cerval, los anemómetros portátiles de la BEIF marcaron 48 km/h a las 19:12. Eso obligó a replantear la estrategia: el frente activo se partió en dos focos para evitar que el fuego saltara la pista forestal que separa el pinsapo del cañaveral. Lo que nadie menciona en los partes oficiales es que la sequía acumula 72 días sin lluvia significativa; la humedad relativa del arbusto de Phillyrea angustifolia —el matorral que aquí llaman «pájara bobilla»— ronda el 8 %, un punto de inflamación ridículo.
Los agricultores que aún guardan la cosecha de chirimoyas en cajas de cartón miran la ladera con prismáticos Zeiss de 10×42. «Si pasa la cresta, se come La Contraviesa», dice Manolo Vargas, que tiene 4 hectáreas de aguacate a dos kilómetros. Calcula que perdería 42 000 euros en palntación y riego si el humo entra en la floración de mayo. La cifra habla por sí sola: cada minuto que el fuelo avanza cuesta 1 200 euros en madera, fauna y servicios ambientales, según los últimos baremos del Ministerio para la Transición Ecológica.

La noche cae y los pilotos vuelan a ciegas entre termias
A las 21:30, la bruma de calor que se eleva de las cenizas confunde los termómetros infrarrojos. El piloto del Kamov, Iván Renedo, veterano de 37 incendios, cuenta desde la cabina que «el humo está tan denso que el FLIR solo distingue blancos y negros; tengo que guiarme por el GPS y por la voz del jefe de brigada, que me grita cuando ve el agua caer encima de él». Entre descarga y descarga, el helicóptero baja a 35 metros sobre el dosel; el rotor barre la copa de los pinos y suelta una lluvia de agujas calcinadas que olient a resina quemada.
El dispositivo nocturno incluye una unidad móvil de meteorología que lanza sondas cada 30 minutos: a las 22:45 registra 31 °C, 17 % de humedad y viento del oeste a 42 km/h. Con esos datos, el director del operativo decide mantener abierta la línea de fuego en el flanco sur y retirar a los brigadistas del norte, donde el terreno cae en terraza sobre casas cueva habitadas. «No vamos a jugarnos un bombero por un olivar que ya está perdido», resume sin eufemismos Francisco Martín, jefe de extinción de Infoca en Granada.
El cálculo del daño: 18 hectáreas y una cicatriz que durará décadas
A la 01:16 de este lunes, el incendio da por estabilizado su perímetro: 18,3 hectáreas calcinadas, 12 de pinar reforestado en los años 90 y 6,3 de cultivo en abandono. Los técnicos del IFAPA avanzan por la ceniza con botas de seguridad y un catalejo para contar troncos de más de 30 cm de diámetro convertidos en tizones. El muestreo preliminar detecta 450 árboles quemados, 32 nidos de milano real destruidos y una población de lagartija colirroja que perderá 3 % de su hábitat.
Pero hay un detalle que no entra en las estadísticas: el olor a miel tostada que despide la miel de La Contraviesa cuando el fuego lamió los colmenares cercanos. María José Medina, apicultora de cuarta generación, calcula que han muerto 120 colmenas; pierde 4 800 kilos de molturación y 62 000 euros de facturación anual. «El humo ha entrado en la cera y el panal huele a carne quemada; las abejas que quedan no volverán a pisar esas colmenas», dice mientras enseña un trozo de favo negro como la pizarra.
Al amanecer, el Kamov aterriza en el helipuerto de La Zubia con los depósitos vacíos y las palas de rotor cubiertas de hollín. El sol asoma por Sierra Nevada y proyecta una luz cobriza sobre la loma chamuscada. El fuego ya no avanza, pero la cicatriz se verá desde el valle durante décadas. Los Guájares conserva su nombre árabe, sus calles empinadas y su olor a pan recién hecho, pero esta noche ha perdido 18,3 hectáreas de la memoria verde que lo sostiene. El balance es frío: dos helicópteros, 42 personas, 9 000 litros de agua por descarga y un monte que tardará 35 años en recuperar el aspecto que tenía ayer a las cinco de la tarde.