El juez blinda al abogado de la policía que denuncia al ex dao: no callará

El juez David Maman ha devuelto el golpe a la estrategia silenciadora de José Ángel González. Ha rechazado la petición de amonestar al letrado de la denunciante, Jorge Piedrafita, por haber contado a la prensa cómo su clienta resistió tres horas de declaración desmenuzando la agresión sexual que atribuye al ex director adjunto operativo de la Policía Nacional. La defensa de González buscaba una censura preventiva; Maman responde que esas palabras «son ajenas a la instrucción» y que, si alguien se siente agraviado, que demande. Traducción: la calle sigue hablando aunque el sumario esté bajo llave.

La batalla que empieza fuera del juzgado

La táctica era clara. El día que declararon ambas partes, el ex DAO salió al paredón de los micrófonos para lamentar que la querella le ha «destrozado la vida». Su abogado, inmediatamente, solicitó al juez que mordiera a Piedrafita. Querían convertir la denuncia en un problema de imagen para la denunciante. Fallaron. Maman no solo ha abierto la puerta a que Piedrafita siga defendiendo en público el relato de la agente, sino que ha marcado la línea roja: el proceso se juzga dentro, pero la presión mediática ya no se regula con paternalismos judiciales.

Detalle que duele: mientras la policía subordinada detallaba coacciones, lesiones psíquicas y un presunto desvío de fondos públicos, González invocó su derecho a no declarar y, según Piedrafita, «se acogió a su derecho a mentir». El juez no valoró aún esa contradicción, pero la frase corre como pólvora entre los cuerpos de seguridad del Estado. En los pasillos de la Comisaría General de la calle Moralza ya se cuchichea sobre cuántos mandos intermedios sabían del supuesto sistema de prebendas que la querella describe.

El miedo que persiste en la policía

El miedo que persiste en la policía

La agente no solo acusa a su jefe de tocamientos forzados y chantajes laborales; habla de una red de protección mutua que usaba las tarjetas corporativas para financiar cenas, viajes y regalos. Si la acusación prospera, la Fiscalía de Delitos de Corrupción tendrá que decidir si amplía el foco. Por ahora, el único imputado es González, pero la instrucción está en pañales y el juez Maman ya advierte que «las partes ejerciten las acciones que estimes oportunas». Es decir: la pieza puede crecer.

Mientras tanto, la policía denunciante sigue de baja psicológica. Sus compañeros de grupo admiten que el móvil le zumba cada mañana con mensajes de apoyo anónimos y otros no tan anónimos que le recomiendar «no tirar piedras contra el tejado». En un cuerpo donde la promoción interna depende de informes de servicio, romper el omertá puede ser una sentencia de ostracismo. Ella lo sabe y, aun así, volvió al juzgado. El juez, esta vez, no la dejó sola.

Con su providencia, Maman ha dictado una sentencia silenciosa: la verdad no se negocia en los pasillos. González tendrá que defenderse con pruebas, no con mordaza. Y la agente, con su nombre aún bajo anonimato, ya ha ganado la primera guerra: que su historia no sea aparcada en el cajón de los “asuntos internos”. La próxima vez que abra la boca, nadie podrá decirle que calle.