El louvre sangra por todas partes y francia intenta tapar los agujeros

El museo más visitado del mundo lleva meses desmoronándose en silencio, y ahora el Gobierno francés tiene que admitirlo en voz alta. Catherine Pégard, la nueva ministra de Cultura, anunció este lunes que el plan 'Louvre-Nuevo Renacimiento', valorado en más de 1.000 millones de euros, seguirá adelante pero con cirugía: menos grandilocuencia, más seguridad. El diagnóstico implícito es demoledor.

Un robo que cambió todas las prioridades

El 19 de octubre de 2025 un grupo de ladrones entró por un balcón de la galería de Apolo en plena luz del día. Se llevaron ocho joyas de la Corona francesa, piezas de valor patrimonial incalculable que siguen sin aparecer. No fue solo un robo. Fue la demostración, en directo y ante cámaras, de que uno de los edificios más vigilados del planeta tenía agujeros del tamaño de una puerta de balcón. Los informes posteriores hablaron de una 'subestimación crónica' del riesgo de intrusión, fallos de coordinación y sistemas de seguridad que simplemente no funcionaban.

Ese asalto congeló el proyecto de renovación. En febrero de este año se aplazó indefinidamente la designación del equipo de arquitectos encargado de la remodelación. Nadie quería firmar nada mientras el edificio seguía acumulando problemas.

El catálogo de desastres que nadie quería ver

El catálogo de desastres que nadie quería ver

Porque lo del robo no fue un accidente aislado. Fue el momento en que se rompió el dique de una acumulación de crisis que llevaba meses fermentando. En noviembre de 2025 el museo cerró la galería Campana y varias oficinas por la fragilidad de las vigas en el cuadrilátero Sully. Una galería de antigüedades griegas fue clausurada por problemas estructurales similares. Poco después, una fuga de agua dañó cientos de documentos de la biblioteca de antigüedades egipcias. Luego vinieron nuevas inundaciones por tuberías rotas. Y antes de todo eso, la lluvia había llegado a inundar los espacios dedicados al Arte del Islam y del Mediterráneo Oriental, forzando evacuaciones.

El Louvre no tiene un problema. Tiene una lista de problemas que se retroalimentan.

Entre diciembre de 2025 y enero de 2026, el museo cerró varios días por huelgas de sus trabajadores, que exigían mejoras laborales, cambios en la gobernanza y, precisamente, refuerzos de seguridad. Cada jornada de cierre supone pérdidas estimadas en 400.000 euros. Y en febrero pasado, una redada policial destapó un fraude 'a gran escala' en la venta de entradas y visitas guiadas: nueve detenidos, incluidos empleados y guías turísticos.

Lo que pégard intenta hacer ahora

La ministra habló este lunes con la cadencia cuidadosa de quien intenta no hundir más el barco mientras lo repara. Dijo que el plan 'mantiene toda su necesidad' para adaptar el Louvre al siglo XXI, que se revisarán ciertos elementos, que se reforzarán otros, que el pliego de condiciones integrará mejor las cuestiones de seguridad. Todo correcto, todo razonable. Y todo dicho desde la posición incómoda de quien hereda un edificio que lleva meses demostrando que la magnificencia y la gestión son dos cosas muy distintas.

El proyecto original contemplaba la renovación del edificio y la creación de un espacio específico para albergar La Gioconda, cuya situación actual, acosada por millones de visitantes en una sala que no fue diseñada para esa presión, es uno de los argumentos más sólidos del plan. Eso no cambia. Lo que cambia es el orden de prioridades: primero que no se caiga el techo, luego que el techo sea bonito.

Pégard quiere que el Louvre siga siendo 'el museo más grande del mundo'. Pero antes tendrá que conseguir que sea el más seguro. Con joyas de la Corona todavía desaparecidas y vigas que crujen, ese objetivo está bastante más lejos de lo que cualquier discurso oficial está dispuesto a reconocer.