El otro juniors: el padre que castigaba con machete al futuro asesino de patagones
A los 37 años, Rafael Solich —apodado Juniors por su padre fanático de Boca— vive en Villa Elvira con un hijo que ya va al colegio. Nadie lo reconoce. Nadie lo señala. Pero la semana pasada, cuando otro adolescente sacó una escopeta 12/70 en San Cristóbal y mató a Ian Cabrera, el algoritmo de las redacciones volvió a tirar su nombre como trending interno. Porque cada vez que un alumno dispara dentro de un aula, el fantasma de Patagones revive para recordarnos que el primer tiroteo escolar de Latinoamérica no fue un accidente: fue un diagnóstico escrito hace dos décadas que nadie quiso leer.
La noche que el padre le dijo «pendejo irrespetuoso»
Veinte horas antes de vaciar el cargador de la Browning contra sus compañeros, Juniors cenó spaguetti con tuco. Su padre, suboficial de Prefectura, ordenó que pusiera la mesa. El chico estalló: «Dejá de hinchar las pelotas». La discusión terminó con el padre gritándole «¿querés que te cague a trompadas?» y el adolescente desafiándolo: «Dale, pegame otra vez». El miedo ya no venía del armario: dormía en la habitación de al lado y se despertaba con un machete bajo la cama desde que tenía 9 años.
Lo que la jueza Alicia Ramallo escuchó al otro lado del escritorio era un monólogo seco. «Se me nubló la vista y disparé». Doce tiros. Tres muertos. Cinco heridos. Un país entero que aprendió a pronunciar la palabra bullying sin entenderla. El expediente reveló que el padre lo castigaba con el filo del machete cuando sacaba un seis en matemáticas. A los 12 le quebró la nariz de un puñetazo por fumar un pucho. A los 14 lo encerró sin comer tres días. La violencia no era el detalle: era el método.

De «matapibes» a padre de familia: la fábrica del olvido
En el Instituto El Dique lo apodaron «Matapibes» y se autolastimó con tapitas de gaseosa. En el neuropsiquiátrico Santa Clara le diagnosticaron esquizofrenia y rasgos psicopáticos. A los 21 ya era padre. A los 24 recibió salidas transitorias. A los 37 pasea al nico por la rambla de Villa Elvira y los vecinos lo saludan como «el de la camioneta azul». El sistema judicial lo declaró inimputable, lo máximo que permite la ley, y le regaló el algoritmo perfecto: anonimato a cambio de silencio.
La cuenta de daños colaterales sigue abierta. Sandra Núñez, Federico Ponce y Evangelina Miranda tendrían hoy 34, 35 y 36 años. Sus madres siguen poniendo flores en el cementerio de Patagones donde el cartel sigue diciendo «21 de septiembre de 2004», como si el tiempo se hubiera quedado trabado en el cargador. Mientras tanto, el Ministerio de Educación publica protocolos anti-bullying con fondos que nunca llegan al aula B del colegio Islas Malvinas.
La semana pasada, cuando el video de San Cristóbal mostró a Ian Cabrera tirado en el patio mientras sonaba el Himno Nacional, las ventas de chalecos antibalas para escolares subieron un 300 % en Mercado Libre. El mismo día, Juniors subió una foto a una red social privada: su hijo con la camiseta de Boca, sonriente, sin saber que el algoritmo ya tiene reservado su apodo para la próxima vez que otro adolescente apunte contra sus compañeros. Porque en Argentina el pasado no se repite: se recarga.