El país que se apaga mientras el agua se escapa
Ecuador insiste en negar lo evidente: su corazón energético late con un hilo de agua que ya no llega. El embalse Mazar perdió 6,8 metros en siete días; el río Paute circula a 17,45 m³/s cuando necesita 141 para que las turbinas respiren sin ahogarse. La fotografía de la presa semivacía, tomada el mismo día en que el Ejército tomó el control, huele a emergencia que no quiere llamarse así.
La cuenta regresiva que nadie firmó
El complejo Paute aporta el 40 % de la electricidad nacional. Su nivel cayó de 2.150,5 a 2.143,7 msnm en una semana; la cota roja está más cerca que la próxima lluvia. La razón no es solo la sequía: la demanda interna creció un 5 % interanual y la matriz sigue anclada a dos ríos que ya no pueden más. El resultado: un país que enciende el aire acondicionado con el agua que le falta al grifo.
En la Amazonía, la central Coca Codo Sinclair —la obra china que se inauguró con fuegos artificiales— sufre el espejo de la sed. El Coca bajó a 100 m³/s cuando la ingeniería exige 222. La planta, diseñada para 1.500 MW, hoy produce menos de la mitad y obliga a Paute a compensar, como si un maratónista prestara su último sorbo a otro que ya tiene los labios partidos.

El vecino que ofrece luz mientras cobra facturas viejas
Colombia, con quien Ecuador mantiene un duelo aduanal por aranceles, abrió el interruptor: 450 MW a la venta. La ironía es eléctrica: el mismo país que cerró el paso a los camiones ahora ofrece electrones para evitar que Quito se sumerja en la penumbra. La condición, informal pero implícita, es que se olviden los reclamos por el tratado comercial que se congeló hace meses.
El Gobierno descarta racionamientos, pero el pasado octubre ya hubo velas en las panaderías de Mónica Valiente, que hoy atiende con un generador de gasolina que le come la rentabilidad. La memoria de los apagones de 2023 y 2024 late como un fantasma que prefiere no pronunciar su nombre.

El agua que no vuelve y la deuda que se acorta
Las otras presas —Sopladora, San Francisco, Agoyán, Manduriacu— funcionan a medio pulmón. El sistema eléctrico se sostiene con térmicas que quieren petróleo que Ecuador también exporta para pagar deuda. El círculo es perfecto: se quema crudo para generar luz que evita el colapso de una economía que necesita vender más crudo para comprar la luz que falta.
La previsión del Instituto Meteorológico anuncia lluvias débiles recién en abril. Entre tanto, el país juega a la ruleta con el embalse que se vacía y los termómetros que suben. La solución no es otro parche térmico; es romper la adicción hidroeléctrica que parece virtud cuando llueve y se convierte en condena cuando no.
La imagen del Ejército tomando Mazar es el símbolo: un Estado que despliega soldados para vigilar un lago que se escapa entre los dedos. La próxima vez que el agua falte, no habrá uniforme que detenga la oscuridad.
