El pasado que lo condenó lo siguió hasta la esquina donde lo mataron
Félix Villalba murió solo, tirado en la vereda de Buenos Aires y Gascón, con el pulmón perforado y sin la billetera que, según su familia, nunca soltaba. A tres cuadras del Casino y a pasos de la playa Bristol, la madrugada del domingo le recordó que ninguna condena queda enterrada: la que él cumplió por abusar de una menor familiar lo alcanzó en forma de cuchillo.
La esquina donde el tiempo se le acabó
El cuerpo apareció a las 4:30. Un vecino llamó al 911 porque visto «un bulto» junto al cordón. No tenía DNI, así que durante seis horas fue «el hombre de la camisa gris». Recién cuando la médica forense le levantó las huellas dactilares llegó el nombre: Villalba, 74 años, arresto domiciliario cumplido y libertad condicional desde noviembre. El sistema lo dejó ir; la calle, no.
La fiscal Constanza Mandagarán recibió los papeles y entendió el silencio de los familiares: «Poca relación», admitieron. El dato cayó como un ladrillo: el abuso había sido contra una nieta. Desde entonces, nadie lo fue a buscar cuando salía a caminar. Caminaba rápido, miraba al piso, evitaba los bares. Anochecía temprano para él.
El relato oficial apunta a un asalro: falta el celular y la billetera. Pero la puñalada bajo la axila —precisa, letal— no encaja con un simple arrebatón. Los forenses encontraron cortes defensivos en manos y antebrazos: Villalba forcejeó. ¿Con quién? ¿Por qué? La hipótesis del vengativo late entre los investigadores como un latido que no se atreven a nombrar en voz alta.

El ojo de la cámara que nadie quiere abrir
El caso se encamina a convertirse en un cajón de seriales: cámaras apagadas, testigos que «no vieron» y un domingo donde Mar del Plata prefiere hablar de turismo que de muerte. Los técnicos recorren locales cerrados, negocian con dueños de kioscos que miran el reloj y recuerdan que «ayer era día de descanso». Cada puerta que se niega a abrir deja un hueco en la cronología de la madrugada.
Mientras tanto, en la fiscalía ordenan peritajes de celulares, pedidos de antecedentes y un análisis de llamados que, de momento, devuelve solo números de delivery y consultas médicas. Villalba vivía en off: sin WhatsApp, sin redes, sin amigos. Su última comunicación fue una llamada de tres minutos el sábado a las 20:17. La ficha técnica indica «a un fijo». Nadie atiende cuando marcan de vuelta.
La ciudad que despierta con olor a mate y spray de protector solar prefiere creer que fue un robo malogrado. Pero en los pasillos de la comisaría 5ª circula otra versión: «Se lo buscó», murmura un oficial mientras cierra el legajo. La justicia formal lo había absuelto; la calle le presentó la factura. En la esquina de Buenos Aires y Gascón, la bruma matinal ya borró la sangre, pero no la cuenta pendiente que Villalba arrastraba desde el día que cruzó la puerta de su casa con tobillera electrónica. El crimen quedará impune si no aparece un testigo, pero en el tablero de la fiscal ya hay una ficha menos: un abusador que ya no abusará. La ciudad lo olvidará antes que termine la temporada. La nieta, tal vez, no.
