El pescado seco invade san miguel y dispara la guerra de precios de semana santa

El olor a sal y madera quemada ya se respira en los agromercados de San Miguel. Llegó la macarela, la corvina y la boca colorada, pero también llegó la factura: entre USD 8 y USD 50 por pieza, según tamaño y sazón del mar.

El cuco desembarca en el estadio barraza

Los pescadores artesanales de Playa El Cuco —Aspescu, por sus siglas— montaron puesto frente al estadio Juan Francisco Barraza. Traen la mercancía en camiones refrigerados que partieron antes del amanecer, cuando el Pacífico aún olía a levadura y brisa caliente. José Javier Chicas, vocero de la cooperativa, asegura que la cadena de frío arranca en altamar y no se rompe hasta la última lonja. La promesa: pescado sin ‘agüevado’, listo para la tortilla del Jueves Santo.

La jugada deja contento a Pedro Vásquez, que vino desde El Jícaro. “Ya cargué mi libra y media, me costó USD 12. En el Mercado Central me hubieran clavado 18”, cuenta mientras envuelve el ejemplar en hojas de periódico. La diferencia parece mínima, pero en la economía de la abstinencia cada centavo decide si hay o no hay bacalao en la mesa.

Mientras tanto, en san salvador, el mar no ‘salió’

Mientras tanto, en san salvador, el mar no ‘salió’

La misma historia suena distinta a 140 km al norte. En el Mercado Central, Ana Gladis Quintanilla muestra una macarela grande y suspira: “USD 9 la libra, el año pasado eran 8”. El aumento de entre USD 1 y USD 3 depende de la especie; la boca colorada más gruesa ya roza los USD 65. La causa, dicen los comerciantes, es una mala salida de flota: “El mar está callado, no suelta”. Traducción: menos producto, mismo fervor religioso, precio que se dispara.

Antonia García, otra veterana del puesto, resume el ánimo: “Las ventas están calmaditas, pero el Viernes Santo se arremanga la gente”. La lógica es implacable: quien no compró barato en el agromercado de San Miguel, terminará pagando el impuesto del desespero en la capital.

Exportación local, devoción global

Exportación local, devoción global

Lo que no se vende aquí, vuela a Estados Unidos. Aspescu ya envía contenedores con pescado seco a Nueva Jersey y Los Ángeles, donde la diáspora salvadoreña paga hasta USD 25 por libra por evocar el sabor de la tortilla recién hecha. La ironía: mientras el producto nacional cotiza en dólares frescos en el exterior, aquí se pelea por mantenerlo a precio de costumbre.

La temporada apenas empieza y el saldo ya se huele: quien controla la cadena de frío, controla el precio. Y quien controla el precio, controla la tradición. La próxima semana, cuando las iglesias llenen sus naves de incienso y los cláxones callen, el pescado seco habrá cambiado de manos, pero no de destino: terminará entre las tortillas, entre los suspiros, entre la memoria colectiva de un país que come fe con sal marina.