El pirineo se rebela: avalanchas más pequeñas, más rápidas y mucho más peligrosas

Las paredes del Pirineo han cambiado de humor. Desde Canfranc se alza una alerta que los esquiadores no quieren oír: las avalanchas ya no rugen, susurran, y eso las hace más letales. Un equipo hispano-mexicano acaba de desenterrar 104 años de aludes y descubre que los desprendimientos se han vuelto más frecuentes y menos voluminosos, un combo que encoge la ventana de reacción para quien transita la nieve.

El valle que habla en números de nieve

El valle que habla en números de nieve

Entre 1910 y 2014 los investigadores registraron 57 episodios en el valle de Canfranc. La conclusión es terca: el cambio climático desestabiliza el manto al final del invierno, cuando la nieve ya no sabe si quiere ser agua o hielo. La temperatura juega a los dados con la precipitación y el resultado es un terreno que se parte sin avisar.

La investigación, publicada en Cold Regions Science and Technology, llega tras una temporada negra: ocho muertos en el Pirineo, el último el 18 de marzo. El estudio no solo cuenta cadáveres; ofrece un manual para que regiones como Aragón, Cataluña o Nueva Aquitania redibujen sus mapas de riesgo antes de que la próxima ola de esquiadores cruce la cota 2 000.

El truco ancestral de plantar árboles en laderas vulnerables ha salvado más vidas que cualuna bata blanca. Desde principios del siglo XX, las reforestaciones han amortiguado la furia de los aludes grandes. Pero hay un pero: «Los aludes gigantes volverán, solo que con menos frecuencia», avisa Juan Antonio Ballesteros, del Museo Nacional de Ciencias Naturales. La frase suena como la sentencia de un juez de hielo.

El proyecto Pyrenées4clima, que agrupa a siete territorios de la cordillera, ya trabaja en dos frentes: una base de datos de espesores de nieve que complete el rompecabezas histórico y unas proyecciones climáticas que anticipen el punto de quiebre del manto. Mientras, Météo France admite la vergüenza: apenas hay estudios específicos sobre avalanchas en los Pirineos. La ciencia corre tras la pista que la montaña ya ha bajado.