El salvador vive el domingo de ramos con la fe que no se doblega

A las seis de la mañana, Nahuizalco ya huele a cedro quemado y a flor de arrayán. Los primeros pasos de la procesión surcan la piedra colonial mientras el sol apenas asoma entre el humo de las tortillas que se inflan en los comales. Nadie quiere perderse el arranque de la Semana Mayor; aquí la fe no se declara, se respira.

Rosalina Ramírez, de 71 años, aprieta contra su pecho un ramo de palma trenzada con rosas de trapo. “Llevamos a la casa los ramos bendecidos para que el Señor se quede con nosotros”, dice sin alzar la voz, como si la frase fuera un secreto que se hereda desde 1545, cuando los pipiles fundaron este pueblo entre volcanes. Su hijo graba con el móvil el paso de la imagen de Jesús, pero ella no mira la pantalla: mira el rostro de madera que se mece sobre hombres descalzos y camisetas empapadas. Allí va el Mesías, otra vez, a pie por la misma calle empedrada que recorrieron sus abuelos durante la guerra y la paz.

La alfombra que dura lo que un suspiro

Frente a la escuela Efraín Hernández, un grupo de adolescentes esparce serrín de colores con la precisión de quien sabe que su obra desaparecerá en minutos. Han dibujado un gallo, una cruz y el escudo de Nahuizalco: tres volcanes y un sol. Uno de ellos, Leonardo, cuenta que ayer se quedó hasta las dos de la madrugada terminando el mural. “Cuando pisan la alfombra, se llevan nuestra oración”, susurra mientras retoca el borde amarillo con un trozo de cartón. La procesión avanza, el padre Ernesto agita el incensario, el agua bendita cae sobre las palmas como llovizna de abril. El olor a copal se mezcla con el de las flores de papel que las mujeres colgaron de los cables eléctricos. Es domingo, pero el pueblo parece viernes santo: hay silencio, hay pasos que se arrastran, hay una promesa que se renueva.

La fila entra a San Juan Bautista. Las campanas repican desordenadas, como si también ellas quisieran tocar madera. El párroco sube al presbiterio y recuerda que la mitad de los salvadoreños aún se cuentan entre los católicos, aunque las estadísticas no cuentan las madrugadas que se levantan a rezar sin que nadie les tome nota. Termina la homilía y la gente se abraza. Afuera, los puestos de atol de elote y de semitas ya esperan. Alguien pone una canción de Los Broncos de Reynosa; alguien más llora. La procesión se disuelve, pero el ramo queda, clavado detrás de la puerta, como un escudo contra la desesperanza.

De nahuizalco a la capital, la misma sangre

De nahuizalco a la capital, la misma sangre

A 75 kilómetros, la Catedral Metropolitana de San Salvador se queda pequeña. Fieles se apiñan hasta la plaza Gerardo Barrios; muchos llegan de Soyapango en bus escolar alquilado por la parroquia. El arzobispo no menciona la crisis de pandillas, pero todos la escuchan entre versículos. En Juayúa, en Sonsonate, hasta en el cantón más perdido de Chalatenango, las palmas se convierten en pasaportes de cartón para cruzar la semana. El gobierno otorga asueto desde mañana; el sector privado espera hasta el miércoles. La diferencia de días no importa: el calendario litúrgico marca la agenda nacional mejor que cualquier decreto.

Cuando el sol cae, Nahuizalco vuelve a ser un mapa de sombras. Rosalina cierra la puerta de su casa de adobe; el ramo queda en el zaguán, junto a la imagen del Niño de Atocha que heredó su madre. Desde la cocina llega el olor a frijoles negros que se cocinan toda la noche. Mañana será lunes santo y habrá que madrugar otra vez. La Semana Santa apenas empieza, pero la fe ya ha llegado a su destino: una casa humilde, una puerta entreabierta, una promesa que no necesita traducción.