El sur de líbano devora a los cascos azules: tres muertos en 24 horas
Dos explosiones, 24 horas, tres ataques. El sur de Líbano ha vuelto a cobrarse vidas de los que visten de azul para proteger a los demás. La FINUL acaba de confirmar la muerte de tres soldados de su contingente: dos el lunes cerca de Bani Hayan y otro el domingo en la misma zona. Heridos, destrozos y la misma pregunta sin respuesta: quién dispara contra quienes solo quieren paz.
Un vehículo, una explosión y dos vidas rotas
El lunes por la mañana un todoterreno de la FINUL circulaba por la carretera que une Bint Jbeil con Marjayoun. A la altura de Bani Hayan estalló algo —aún nadie aclara si una mina, un artefacto improvisado o un proyectil— y el coche se convirtió en una masa retorcida de metal. Dos cascos azules murieron en el acto; otro fue evacuado con heridas críticas y un cuarto resultó lesionado de menor consideración. La misión no ha desvelado nacionalidades: solo confirma que eran de contingentes distintos y que llevaban años en el país.
Veinticuatro horas antes, el domingo, un proyectil —esta vez sí identificado como munición de mortero— cayó sobre una de las posiciones avanzadas de la FINUL en la misma zona. El impacto mató a un sargento indonesio y dejó a un compañero con múltiples fracturas. Entre ambos días, el distrito de Marjayoun se ha convertido en el epicentro de la vulnerabilidad de la misión de la ONU.

La línea azul se tiñe de rojo
La FINUL lleva 46 años entre Israel y Hezbolá. Su mandato oficial es vigilar el cese del fuego que puso fin a la guerra de 2006, pero en la práctica se ha convertido en escudo humano de una frontera que nunca dejó de disparar. Desde octubre, cuando estalló la guerra en Gaza, la violencia se desplazó al sur de Líbano: casi 300 soldados de la misión han resultado heridos, según datos internos a los que ha tenido acceso este medio; 13 han muerto desde 2006, tres de ellos en la última semana.
El Ejército israelí ha incrementado sus incursiones al norte del río Litani, zona que Te Aviv considera clave para desmantelar los túneles y los lanzamisiles de Hezbolá. La milicia chií, a su vez, ha respondido con fuego de mortero y cohetes antiblindaje. En medio, los cascos azules patrullan con chalecos antibalas que no protegen contra artillería de 120 mm.
El secretario general adjunto de Operaciones de Paz, Jean-Pierre Lacroix, visitó Beirut la semana pasada para pedir garantías. Salió con promesas que duraron exactamente cinco días. Ahora la misión estudia replegarse a sus bases principales y limitar los patrullajes diurnos, una retirada táctica que en la práctica dejaría sin vigilancia 17 km de frontera.

650 Soldados españoles en la diana
España mantiene en Marjayoun el batallón ‘Rey Alfonso XIII’, unos 650 efectivos que comandan el sector occidental de la línea azul. Sus vehículos han sufrido al menos cuatro impactos de metralla desde octubre, aunque no han registrado bajas. Fuentes del contingente reconocen que cada salida se planifica “como si fuera operación de combate”: escoltas, drones de reconocimiento y protocolo de evacuación helicopterada. La última vez que un español murió en Líbano fue en 2007, cuando un obús israelí alcanzó un puesto de observación en El Khiam. La lección quedó grabada a fuego.
Pero la protección no depende de Madrid. El Consejo de Seguridad renueva el mandato de la FINUL cada agosto y la mayoría de sus miembros —incluido Estados Unidos— ve con buenos ojos que la misión se mantenga, aunque sin refuerzos ni cambio de reglas de enfrentamiento. Traducción: los cascos azules seguirán sin poder devolver el fuego cuando les disparan.
Mientras tanto, los pueblos del sur de Líbano vacían sus aldeas. La ONU calcula que más de 90.000 personas han cruzado hacia el norte del país desde octubre. Los que se quedan miran a los soldados de la FINUL con mezcla de esperanza y lástima: saben que el casco azul no detiene una granada, solo la registra.
La investigación sobre los ataques del fin de semana corre a cargo de la propia FINUL y del Ejército libanés. No hay forenses independientes, no hay cadena de custodia clara y, sobre todo, no hay garantías de que los responsables vayan a comparecer ante un tribunal. La impunidad, como el polvo del sur de Líbano, se acumula año tras año.
El comunicado final de la misión rezaba: “Nadie debería morir al servicio de la paz”. La frase suena a epitafio. En Bani Hayan ya hay tres nuevas lápidas que lo confirman.
