El trago antes de los 18 ya les abrió la puerta a otras drogas a la mitad de los pibes
A los 15 años, la mitad de los adolescentes argentinos ya probó alcohol. A los 16, uno de cada dos de esos mismos pibes ingresa a la guardia del Hospital Fernández con más de una sustancia en sangre. La cuenta es brutal: la previa no solo emborracha; desbloquea el policonsumo.
Daniela Blanco lo advirtió en Infobae al Mediodía mientras Santa Fe aún contaba cadáveres tras una pelea entre colegios. No hubo arma de fuego: hubo botellas vacías, pastillas sueltas y un chico de 16 años en coma alcohólico. La secuencia se repite. El alcohol es la llave de oro que abre el portón de las otras drogas. Y los padres, sin saberlo, se la entregan con la mano tendida.
La previa en casa es la trampa que parece solución
“Hagámosla acá, así los tengo cerca”. La frase suena lógica hasta que el neurólogo Carlos Damín la desarma: cuando un adolescente llega intoxicado, rara vez trae solo alcohol. Trae un cóctel que los padres no ven: clonazepam, cannabis, a veves cocaína. La previa en el living no reduce el riesgo; lo normaliza. Y la normalización es el primer paso para que el cerebro en formación asocie “diversión” con “sustancia”.
El cerebro humano madura hasta los 25. El etanol, en cambio, se vale de esa obra en construcción: bloquea la neurogénesis, reduce el volumen del hipocampo y altera la mielina que aísla las neuronas. El resultado no es solo un borrón de memoria el domingo. Es un deterioro medible en la capacidad de atención que se arrastra hasta el primer empleo.

Multas que no existen y boliches que expulsan cuerpos
La ley argentina prohíbe vender alcohol a menores. En la práctica, el kiosco de la esquina cobra 200 pesos la lata de cerveza sin pedir DNI. Blanco apuntó el mecanismo real: “Pongámosle una multa que duela al comercio que le vende a un pibe. Hoy no pasa nada”. Tampoco pasa nada cuando el boliche echa al adolescente ebrio a la calle sin asistencia. La puerta giratoria lo deja en la vereda, donde la madrugada termina en una ambulancia o en un tumulo.
Los fines de semana concentran el 70 % de las consultas por intoxicación etílica en menores. No es casual: la escuela abre lunes y cierra viernes; la casa suelta amarras viernes y recupera el control domingo a la noche. Entre medio, el cuerpo del adolescente pasa de cero a 1,5 gramos por litro de sangre en dos horas. El coma alcohólico aparece a los 2 gramos. El margen es una cerveza de más.

Qué hacer cuando el adolescente ya tomó la primera
Prohibir no alcanza. La desinhibición es una pulsión natural entre los 14 y los 17 años; el problema es el canal que se les ofrece para descargarla. Blanco propone una regla simple: si tu hijo va a una previa, que haya al menos un adulto que no tome y que sepa manejar una ambulancia. Suena exagerado hasta que mirás los datos: los hospitales públicos atienden 1.200 adolescentes por mes por intoxicación aguda. El 40 % repite dentro del mismo año.
La solución no es un manual. Es una conversación que empieza antes de la primera borrachera y sigue después de la tercera. La clave está en romper el silencio antes de que el silencio rompa a los pibes. Porque la primera copa ya se la tomaron. La segunda puede ser la que les robe el futuro.
