El viento aviva el fuego en sierra espuña: la ume ya rueda hacia el infierno
Las llamas se comen el corazón verde de Murcia y el viento, ese traidor de 50 km/h, las empuja con saña. A mediodía, El Llano de las Cabras era un paraje; a las 14.00, un rugido anaranjado. La Unidad Militar de Emergencias acelera por la A-7 con el sireno pegado al pecho. Tardan dos horas en llegar. Dos. En un incendio, 120 minutos pueden traducirse en 600 olivos convertidos en ceniza.
La guerra del viento y la coordenada equivocada
Francisco Lucas, delegado del Gobierno, ha pegado un tuit que huele a pólvora: «Los medios están en camino». Pero clava la daga: «Reitero la necesidad de que López Miras convoque ya el Centro de Coordinación». Traducción: la culpa ya vuela antes que el humo. El nivel 2 del Plan Infomur —ese protocolo que nadie recita de memoria— se ha activado cuando el fuego aún burlaba la cresta del espujal.
En la loma, los bomberosen la loma, los bomberos del Consorcio llegan desde Lorca, Molina y Alhama. Dos helicópteros y cinco brigadas forestales intentan cerrar un círculo que el aire deshace cada diez minutos. La imagen es grotesca: un camión cisterna de 12.000 litros vacía su arpa y, antes de que el agua toque suelo, el viento la vaporiza. El fuego avanza 50 metros por cada chorro que se evapora.
Lo que nadie cuenta es que la sierra lleva ocho meses sin un día de lluvia digno. La humedad del matorral ronda el 9 %. Un fósforo mal apagado lo prende todo. La dirección general de Medio Ambiente lo sabía: el martes pasado registraron riesgo «muy alto» en su mapa interno. No lo subieron a la web. ¿Demasiada cara para la temporada turística?

El minuto en que el cielo se rinde
A las 14.17 el Ejecutivo regional pide dos hidroaviones al Ministerio. Llegarán cuando el sol caiga y el viento cambie de rumbo, es decir, cuando el daño ya sea un hecho contable. La UME aporta 150 soldados especializados, pero su regla de oro es no actuar sin mando único. Y ese mando, hoy, es una disputa de wasap entre la Consejería y la Delegación.
Mientras, los pueblos de abajo —Alhama, Totana, Mula— cierran ventanas y sacan fotos al humo que ya tiñe de naranja el cielo de la huerta. El parque natural de Sierra Espuña alberga 78 especies protegidas; una de ellas, el sabinar de Carrascoy, crece solo en este macizo. Si la lengua de fuego lo toca, la semilla no volverá a germinar en siglos. La cifra habla por sí sola: 1.200 hectáreas en peligro y un pulmón verde que oxigena media Región.
El fuego no entiende de política, pero la política sí que se alimenta del fuego. Lucas y López Miras ya se han lanzado los dardos por la red. El humo, mientras, sigue subiendo. Y en El Llano de las Cabras, un guarda forestal masculla la misma frase que su padre en el incendio del 91: «Cuando el viento viene del noroeste, la sierra se despide». Esta tarde, el noroeste sopla a 52 km/h. La sierra, literalmente, arde en despedida.
