En el bosque de tlalpan, 70 personas demuestran que la inclusión y la naturaleza se abrazan

Las sirenas del asfalto apenas se escuchaban a espaldas del bosque de Tlalpan cuando, este sábado, 70 voces rompieron el silencio verde. Voluntarios de Iberdrola México, jóvenes con síndrome de Down y sus familias se convirtieron en exploradores por un día. Su misión: desenterrar la memoria olvidada de los árboles y devolverle al ciudadano medio la certeza de que la deforestación no es un problema lejano, sino una herida que sangra a 489 millones de hectáreas desde 1990, según la FAO.

El árbol que enseña a leer el mundo

Guillermina Abarca Luna, coordinadora de Integración Down, no necesita PowerPoints. Basta con que un chico identifique un oyamel y, de repente, entienda que también él crece en altura. "Las hojas les sirven de espejo", dice. Y ahí está la clave: el programa no busca la compasión, sino la reciprocidad. Mientras un voluntario explica el ciclo del agua, una niña con Down dibuja su "superpoder": raíces que se hunden y la mantienen firme. El bosque, entonces, deja de ser un decorado para convertirse en aula.

Lo que nadie cuenta es que la dinámica obliga a los empleados de la eléctrica a renunciar al lenguaje corporativo. No hay "sinergias" ni "objetivos ESG"; hay un árbol caído que huele a tierra mojada y una pregunta que retumba: "¿Cuántos años crees que tiene?". La respuesta se negocia entre generaciones. La cifra habla por sí sola: en una mañana se contabilizan 35 especies nativas, un récord mini que nadie había anotado.

Cuando la inclusión deja de ser un check

Cuando la inclusión deja de ser un check

Remedios González no quiere que su hija sea "la niña down del grupo". Quiere que sea la que encontró un tallo de romero y se lo llevó al olfato antes que nadie. Ese gesto rompe el protocolo de la foto corporativa. De fondo, la coordinadora de Responsabilidad Social de Iberdrola, Karina Gómez, confiesa que el voluntariado tradicional ya no les sirve: "Buscábamos horas de servicio y nos encontramos con una lección de botánica y empatía".

La ironía es dulce: la empresa que administra líneas de alta tensión descubre que la red más frágil —y más urgente— es la que une a las personas. Mientras tanto, Ana Ortiz, voluntaria, traduce la jornada en una frase que debería colgar en la bolsa de valores: "Hoy entendí que el valor del bosque no se mide en metros cúbicos de madera, sino en abrazos por hectárea".

Al cierre, los participantes reciben un certificado hecho con semillas de amaranto. No es un souvenir; es una amenaza de florecimiento. Si alguien lo planta y germina, la metáfora se cumple: la inclusión, como el árbol, necesita tierra, agua y, sobre todo, alguien que se arrodille a sembrar.