En la frontera sur, crucifican a trump en una piñata y piden asilo
Tapachula amaneció con clavos de plástico clavados en una piñata naranja. Lleva peluca rubia y un traje de cartón con la etiqueta Trump. A sus pies, cubanos, venezolanos y haitianos que ya no sueñan con el norte desfilan con cruces de madera improvisadas y gritan que su calvario no acaba en el Gólgota, sino en la estación migratoria de Chiapas.
La pasión según los deportados
El Viacrucis del lunes no era teatro: era la biografía colectiva de quienes Estados Unidos devolvió a la frontera mexicana bajo el título burocrático de tercer país seguro. Orlando Guillén, cubano de 35 años, lleva una corona de alambre de púas. Asegura que la puso él mismo para recordarle a su hijo —ahora en Miami— por qué su padre duerme en la calle. «Nos separaron como si fuéramos ganado; mi familia se quedó del otro lado y yo me convertí en estadística», dice mientras levanta la camisa: cicatrices de garrapatas, neumonía mal curada y un brazo que aún duele tras la golpiza de un agente en Texas.
El padre Heyman Vázquez, párroco de San Andrés Apóstol, camina descalzo delante de la procesión. Conoce los versículos de memoria, pero hoy prefiere citar informes de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados: «El 82 % de las solicitudes se resuelve después de ocho meses. Eso, cuando no desaparecen los expedientes». La cifra habla por sí sola: Tapachula alberga a 62.000 migrantes varados, el doble que hace un año, y la única infraestructura nueva es una valla de concertina donada por Washington.

Chiapas, el purgatorio que nadie eligió
Luis Rey García Villagrán no es activista: es contador público que se cansó de hacer números que no cuadran. Dirige el Centro de Dignificación Humana y porta un megáfono con la batería agotada. «Ningún migrante quiere quedarse aquí; Tapachula es el pasillo del avión donde nadie quiere sentarse», espeta. Denuncia que la COMAR tiene 28 empleados para todo el estado y que el presidente municipal acaba de inaugurar —con banda de viento— un parque con wifi que funciona solo cuando llega la caravana de la prensa.
La piñata de Trump ya no tiene brazos: se los arrancaron antes de prenderle fuego. En el humo se mezclan olor a cáscara de naranja quemada y a frustración. Raúl, otro cubano, graba todo con un móvil roto. «Subiré el video a TikTok; a lo alcanzo 200 vistas y quizá alguien se apiade». No pide un milagro: pide una cita en la plataforma oficial que colapsó hace meses. «Somos los nuevos leprosos del siglo XXI; nos tocan con el bastón digital y seguimos sin entrar».
Al mediodía, la procesión se disuelve frente al albergue «Belén». Las cruces se apilan contra la pared como si fueran escombros de un terremoto anunciado. El padre Vázquez recoge la ceniza de la piñata en una botella de plástico. «La guardaré», dice. «Cuando algún diplomático hable de frontera inteligente, le mostraré este polvo: es el ADN de quienes ya no tienen país que los reciba ni dios que los escuche».