En un carulla de bogotá una prenda deportiva enciende el acoso y estalla la red

La cola del pan apenas avanzaba cuando el hombre decidió que la licra era un delito. «Vístase si no quiere que la miren», le espetó a la joven que llevaba un conjunto de gimnasio y una rutina de domingo. En cuestión de segundos el supermercado Carulla del norte de Bogotá se convirtió en el escenario más reciente de la guerra que las mujeres libran contra el silencio.

El video que rompió el pacto de la indiferencia

Ella encendió el móvil. Él, lejos de amilanarse, exigió: «Grábeme, grábeme, grábeme». La grabación, colgada por la cuenta @ColombiaOscura, muestra el instante en que la clienta reclama seguridad mientras el acosador repite su letanía: «Vístase, una de las dos». Dos jóvenes que compraban gaseosa lo interceptan: «Ábrase de acá, viejo verde». El hombre se retira, pero la sensación de impunidad se queda flotando entre los pasillos de cereales y leche deslactosada.

La escena dura 45 segundos. Bastan para reabrir la herida de un país que aún no logra traducir en ley el acoso callejero. Colombia tiene Ley 2365 de 2024 y el Artículo 210A del Código Penal, sí, pero ambas normas exigen que la conducta sea reiterada o laboral. Un domingo en la fila del pan no entra en esa categoría. La víctima lo sabe: «No puedo ni comprar un puto pan», suelta antes de advertir que ahora teme regresar a casa.

La trampa legal que deja la calle sin tutela

El vacío es tan grande que la Fiscalía solo puede aplicar la Ley 1801 de 2016, la misma que multa a quien pone la música muy alta en el balcón. La sanción: una comparendo por «afectar la tranquilidad». Ni una palabra sobre violencia sexual, ni una mención al género. Las defensoras advierten: desdibujar el acoso como simple desorden convierte a las mujeres en ornamentos molestos, no en ciudadanas con derecho a la ciudad.

Mientras tanto, los comentarios en redes resucitan el mito de la «provocación». «¿Y si andaba como petarda?», se lee entre líneas que huelen a culpa. La respuesta llega desde otro perfil: «Entiendan que no importa cómo vaya vestida». La polarización es tan violenta como el episodio mismo. Un bandeo entre quienes exigen carceles y quienes aún creen que la licra es una invitación.

El miedo que se lleva a casa

El miedo que se lleva a casa

La joven cierra su video con una frase que pesa más que cualquier norma: «Ahora me tengo que ir con miedo». La afirmación resume el impuesto invisible que las mujeres pagan por habitar la esfera pública: recorrer la ciudad con un GPS de seguridad interno, evitar ciertas horas, ciertas calles, ciertos supermercados. El acoso no es un incidente, es un peaje cotidiano.

Bogotá suma así otro capítulo a la crónica de la vigilancia patriarcal. La legislatura tendrá que decidir si espera a que el comportamiento se vuelva «reiterado» o si, por el contrario, entiende que una sola vez ya es demasiado. Mientras la norma se hace esperar, las licras seguirán siendo territorio en disputa y la fila del pan, un frente de guerra.