Encarnación se derrite a 35 °c y el paraná aguanta la respiración
A las 11 de la mañana el asfalto de Encarnación ya chisporrotea. El termómetro trepa a 35 °C, el índice ultravioleta marca 7 y el aire se siente como una toalla húmeda que golpea la cara. A simple vista, todo es verano: mates en la costanera, turistas que buscan la sombra de los lapachos y el río que promete brisa. Pero hay una tensión bajo la piel: la humedad del 80 % y la nubosidad apenas del 6 % son el preludio de un chaparrón que la computadora del Meteorológico sitúa en 11 % de probabilidad. Parece poco, hasta que se transforma en 100 % de anegamiento en algún barrio bajo.
La ciudad que aprendió a vivir con el agua como vecino incómodo
Encarnación no olida el 20 de septiembre de 1926. Aquella tormenta nacida en el Paraná arrasó la ciudad y dejó la lección grabada: acá el cielo no avisa con días, lo hace con minutos. Por eso, cuando el alerta sube a redes, los ñande yvyrá de la costa ya tienen los toldos bajos y los negocios sacan las rejas de emergencia. La memoria colectiva funciona como radar: los mayores miran el color del río y los jóvenes chequean el radar del celular. Ambos saben que el récord de 45 °C de 2009 puede repetirse, pero también que la helada del 75 fue un espejismo que no se volverá mientras el Atlántico siga calentando el aire que viene del Chaco.
El dato que calla el informe oficial es que la ciudad perdió 12 hectáreas de ribera en los últimos tres años. La orilla se retira porque el pastizal que la sostenía se convirtió en soja y porque las topadoras del chacarero avanzaron hasta donde el radar no alcanza. Cuando llueve, el agua ya no tiene dónde infiltrarse y busca la línea más baja: la avenida Costanera. La municipalidad prometió un muro, pero la obra quedó en un PowerPoint que se actualiza cada temporada electoral.

El verano que se cocina al ritmo de la deforestación
Mientras tanto, el 90 % de la cobertura boscosa original de Paraguay ya es pasto. La cifra no es un PowerPoint: se ve desde el aire como una cicatriz que se ensancha hacia el norte. El bochorno que hoy siente Encarnación es el mismo que azota Filadelfia o Mariscal Estigarribia: un aire seco que viene pisando territorio arrasado y que, al chocar con la humedad del Paraná, genera el caldo perfecto para tormentas de 60 000 descargas por noche. El país entero funciona como una olla a presión sin válvula.
Para esta tarde, el modelo GFS dibuja una línea de convergencia que se desplaza desde Posadas hasta la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay. Traducción: a las 17 hs puede caer un palo de agua en forma de microburst. La Municipalidad aconseja “permanecer alerta”, pero lo que nadie dice es que el sistema de drenaje de la zona céntrica colapsa con 30 mm en una hora. El último reporte de la UNEP advierte que cada grado adicional de temperatura aumenta 7 % la capacidad de retención de vapor y, por tanto, la furia del agua que vuelve.
Así que cuando el sol se oculte tras los 22 km/h de viento que ya soplan de sur, Encarnación respirará aliviada. Pero la calma durará lo que tarde un nubarrón en cruzar el río. La ciudad sabe que mañana puede despertar con el Paraná en la puerta y que el termómetro volverá a subir, porque el asfalto sigue negro, la siembra avanza y el clima ya no espera a que termine el verano para recordarnos que la factura de la deforestación se paga con gotas de 35 grados y rayos que no perdonan.
