Chloé robichaud rehecha el erotismo setentero y el resultado aduela
El plan era simple: desenterrar el sexo que Quebec filmó en 1970, cambiar el foco y que la mofa deviniera brasa. Pero la copia que llega a los cines británicos el 3 de abril huele a naftalina y a latex viejo: Dos mujeres en oro se desinfla antes del primer gemido.
La premisa sigue siendo la misma —dos vecinas de suburbio hartas de sus maridos—, pero la pantalla parece ahora un catálogo de gestos aprendidos. Florence, interpretada por Karine Gonthier-Hyndman, deja los antidepresivos en el cajón y descubre que su cuerpo reacciona como un mando a distancia sin pilas. Al lado, Laurence Leboeuf da a luz y a Violette: criatura recién parida, marido ausente, libido a rebosar. Entre paredes de yeso cartonado montan un club de trueque: fontaneros, técnicos de internet y compradores de Wallapop entran por la puerta y salen por la boca de la alcoba.
El sexo que no llega a ser ni carne ni figuración
El problema no es el número de desconocidos que cruzan el umbral; es que la cámara los observa como quien regula la temperatura del termo. Las escenas de cama parecen storyboard de un videoclip que nunca se grabó: hay desnudo, hay sudor, pero falta la chispa que convierta la trampa en confesión. El guion se resiste a decirlo, pero lo insinúa: el deseo, aquí, es un trámite. Como cuando Florence, ya borracha, se rompe una botella y se practica un corte en la muñeca para demostrarle al electricista que la sangre existe. El tipo asiente, cobra y se marcha. La carne se abre, la historia no.
La película, empero, logra un momento de lucidez: una mesa de cocina, dos tazones de cereales y una teoría sobre Tinder. La conclusión, dicha entre sorbo y sorbo, es que la app no busca el amor; fabrica adicción a la propia ansiedad. La frase suena a improvisación de guionista desvelado y, por unos segundos, la ficción respira. Luego vuelve el silencio y el guion recupera su vocación de anuncio de detergente: mujer infeliz + hombre de paso = fogonazo que ni siquiera mancha.
Chloé Robichaud, que en Borders fue capaz de hilvanar la diplomacia con la menstruación, ahora parece atrapada en el remake como quien hereda un traje dos tallas menor. El color pastel de los condominios, la ausencia de música diegética y la planificación tan simétrica como una plantilla de Excel convierten la transgresión en decorado. El resultado es una seriedad que cohíbe más que la censura: ni llega al softcore que vendían los cines de Saint-Laurent, ni al drama que justifique el desgarro.

La lección que nadie pidió
El filme puede leerse como retrato de una generación que confunde la libertad con la programación de un calendario: sexo los martes, terapia los jueves, playdate los sábados. El suburbio canadiense se convierte en laboratorio de la precariedad afectuosa: los cuerpos se tocan, pero los móviles quedan a mano por si surge algo mejor. La moraleja —si es que hay— es que el adulterio ya no espanta a quien lo practica; aburre. Y el aburrimiento, grabado en 4K, duele más que la culpa.
Así que Dos mujeres en oro se estrena en Londres sin estrépito, más como pieza de antropología que como invitación al placer. Los espectadores saldrán con la certeza de que, en pleno 2025, todavía es posible hacer del sexo una tarea doméstica. Pero también con otra sensación: la de que el cine ya no necesita proteger al espectador de la concupiscencia; necesita proteger la concupiscencia del espectador. La cinta lo consigue: tras 99 minutos, el deseo parece un electrodoméstico que nadie recuerda haber comprado.