John travolta revive el día en que su hijo jett murió a los 16 años: 'no sabía si quería seguir viviendo'
El 2 de enero de 2009, John Travolta bajó las escaleras de su villa de lujo en las Bahamas con la certeza de que el infierno existía. Unos metros más allá, su hijo Jett yacía en el suelo del baño, inmóvil, tras una convulsión que le robó el pulso en minutos. El adolescente, autista y con crisis epilépticas semanales, llevaba años fuera del foco mediático; su muerte destapó décadas de silencio familiar y un tratamiento anticonvulsivo abandonado por pérdida de eficacia.
La medicación que dejó de funcionar
El abogado de los Travolta, Michael Ossi, confesó a People que Jett sumaba una crisis grave cada siete días desde que los fármacos dejaron de controlar las descargas eléctricas de su cerebro. La familia optó por retirarlos ante los efectos secundarios, confiando en la terapia alternativa y en la discreción. «Nadie fuera del círculo íntimo sabía la gravedad; se hablaba de 'síndrome de Kawasaki' en fiestas de Hollywood para no mencionar la palabra autismo», cuenta una fuente que compartió rodaje con Travolta en los 90.
El actor, de 54 años entonces, intentó reanimar a su hijo durante 20 minutos. «Le hizo respiración boca a boca hasta que los paramédicos le arrancaron del brazo», recordó Ossi. En el Rand Memorial Hospital de Freeport certificaron la muerte cerebral. A las 10:15 a. m. el mundo de Travolta se apagó.

El chantaje que llegó antes que el luto
Antes de que el cuerpo llegara a Miami para la autopsia, dos bahameños —un paramédico y una ex senadora— exigían 25 millones de dólares a cambio de un documento de exención de responsabilidad que, según ellos, Travolta firmó para evitar el traslado del cuerpo. El actor tuvo que declarar en julio de 2009, rompiendo llanto en la tribuna: «Sí, mi hijo era autista. Sí, sufría convulsiones. Sí, lo he perdido». El juicio terminó en absolución para los acusados, pero la familia pagó un precio distinto: la intimidad destrozada.

Cienciología, la red que sostuvo la caída
Travolta ha sido miembro de la Iglesia de la Cienciología desde 1975. En el hoyo negro del duelo, la organización desplegó un equipo de «auditores» que lo acompañaron diariamente durante dos años. «No sé si hubiera sobrevivido sin ellos», reconoció en 2014 ante la BBC. La crítica apuntó a la doctrina que desaconseja la psiquiatría convencional, pero el actor nunca cuestionó públicamente su fe; prefirió canalizar el dolor creando la Fundación Jett Travolta, que financia terapias para niños con discapacidad motora y ambiental.
Un post anual que congela el tiempo
Cada 13 de abril —el cumpleaños de Jett— Travolta sube a Instagram la misma foto de 1996: él en traje de piloto, el niño con auriculares en la cabina de un avión. «Te amo por siempre», escribe. El gesto convierte la red social en un memorial privado donde los fans dejan miles de velitas virtuales. La imagen acumula más de un millón de me gusta en 24 horas y luego desaparece de los trending topics, como si la muerte volviera a ser un asunto familiar y no un producto de consumo.
En los sets de rodaje aseguran que Travolta viaja con una escultura de jade de San Xiao, el patrón chino de los niños, y que antes de despegar toca la frente de la estatuilla con la misma precisión con que antes chequeaba la lista de vuelo. La superstición no devuelve a Jett, pero le permite al padre abrocharse el cinturón y despegar. El mundo sigue girando; Travolta sigue volando, aunque su compás particular se rompió hace 16 años en un baño de mármol de Grand Bahama.
