Matthew lillard confiesa que su esposa le prohibió elogiar a jacob elordi: 'ya no puedo decir que está delicioso'

Matthew Lillard lo tenía todo dicho: Jacob Elordi es una escultura viva. Pero en cuanto soltó el piropo, la alarma doméstica saltó. Su esposa, Heather Helm, le recordó que llevan 24 años casados y que ciertos adjetivos quedan vetados en público.

El incidente ocurrió en la fiesta de la Fundación Elton John contra el sida, donde un periodista le preguntó al actor de Scream quién consideraba el hombre más atractivo de 2026. Lillard ni dudó: empezó a definir a Elordi y el entrevistador completó la frase con «escultura». Elogio mutuo. Problema doméstico.

El cumplido que hizo temblar el matrimonio

Lillard confesó que ya había calificado al australiano de «delicioso» en otra ocasión. Helena Helm le cortó el paso: «No puedes decir eso». La reprimenda fue tan eficaz que ahora el actor se autocensura antes de hablar. «Ya no se me permite decir nada más», reconoció entre risas nerviosas mientras los flashes seguían disparando.

El matrimonio, sellado en agosto de 2000, ha sobrevivido a más de cien años de calendario hollywoodense, según el cálculo irónico del propio Lillard. Tienen tres hijos: Addison (23), Macey (21) y Liam (17). En entrevistas previas, el actor ha desgranado su fórmula: nunca irse a la cama sin resolver la discusión. «Nunca se trata de limpiar la cocina», dice. «Siempre hay algo más profundo.»

La máscara que nunca pudo robar

La máscara que nunca pudo robar

La conversación derivó en nostalgia. A casi treinta años del estreno de Scream, Lillard aún se arrepiente de no haberse guardado una máscara de Ghostface. «Ojalá hubiera robado una a diestro y siniestro», declaró. En 1996 no existía la fiebre del merchandising ni las subastas de objetos de rodaje. El actor, entonces joven y escrupuloso, obedeció las normas del set y se quedó sin trofeo.

El papel de Stu Macher le dio notoriedad eterna, pero también una lección: en Hollywood hay que saber qué se lleva y qué se deja. A veces es una máscara. Otras, la tentación de llamar «delicioso» a una estrella emergente. Y siempre, siempre, la voz de tu pareja recordándote que los cumplidos también caducan.