Tim curry confiesa el papel que lo obsesionó y nunca pudo interpretar
Tim Curry escuchó la respuesta más demoledora que un actor puede recibir: «No queremos ni verte». Fue a principios de los noventa, cuando el británico acababa de leer El silencio de los corderos y sintió que el doctor Hannibal Lecter le pertenecía. Su agente no logró abrirle la puerta del casting; Anthony Hopkins se llevó el papel y, con él, el Oscar. Curry, en la Margaret Herrick Library de Los Ángeles, confesó que aquel veto sigue siendo la única espina que no ha logrado arrancarse.
El guion que se le escapó entre los dedos
Curry recuerda que el manuscrito llegó a sus manos antes de que el proyecto tuviera director. «Lecter era música para mis venas: refinado, cruel, irresistible», dijo. Pero la producción buscaba rostro menos teatral y más «contenido». La frase que le dejaron caer —«no es lo suficientemente corpulento»— lo dejó helado. Fue la primera y única vez que su físico, y no su voz o su mirada, lo dejaron fuera de juego. «Me pareció absurdo: un asesino no necesita hombros anchos, solo necesita convicción», ironizó.
La derrota le dolió más que perder a Marv en Mi pobre angelito, donde al menos conoció a Chris Columbus y se ganó la simpatía del joven Macaulay Culkin, que dormía en la silla de maquillaje tras maratonear VHS. También le dolió más que quedarse fuera de Jurassic Park —el papel de Malcolm fue para Jeff Goldblum— y que Jeremy Irons le arrebatará la voz de Scar en El rey león. Ningún rechazo igualó el sabor ácido de no poder siquiera probarse el delantal de Lecter.

La venganza que nunca llegó
Curry se consoló con la tarta de Crusade, la serie de ciencia ficción que Steven Spielberg preparaba para TNT y que nunca se rodó. Allí iba a ser el villano principal, un personaje tan sádico que el mismo casting le pidió que «bajara un punto» de malevolencia. La producción se canceló por desacuerdos presupuestarios y Curry volvió a quedarse con las ganas. «Me quedé con la armadura de plástico y la risa ensayada, pero sin plató donde estrenarlas», bromeó.
Ahora, a sus 78 años y tras un accidente cerebrovascular que lo obligó a usar silla de ruedas, Curry encontró en el doblaje su territorio de redención. «Mi voz nunca tuvo sobrepeso ni medidas cuestionadas», dijo. Gracias a ella interpretó a galaxias enteras en Star Wars: The Clone Wars y a reyes locos en videojuegos. Pero cada vez que ve a Hopkins devorar la escena con su «quid pro quo», Curry siente un escalofrío retrospectivo. «Ganó el premio, yo me quedé con la herida. A veces el universo reparte así», concluyó sin amargura, solo con la melancolía del hombre que una vez olió la gloria y le cerraron la puerta en las narices.
