Uma thurman desvela por qué las villanas le saben a gloria: ‘la maldad es puro vértigo’

Uma Thurman no necesita espada samurái para cortar la yugular del héroe: con una mirada basta. La actriz confiesa que encarnar al mal le produce ‘una adrenalina más pura que cualquier droga’ y que cada vez que la llaman para ser la antagonista piensa: ‘otro viaje al fondo del espejo’. La frase cae en la entrevista con People como una piedra en un charco: “La libertad que tienes al interpretar a la mala es única”. Detrás de la declaración late una carrera entera jugándose la reputación en personajes que desafían el manual del buen gusto.

La villana como paracaídas

Thurman no habla de clichés de comic-con; habla de vértigo. Explica que el guion le entrega una licencia para cruzar líneas que la industria suele pintar de amarillo: manipular, seducir, destrozar. “No hay que justificar”, dice, “sólo ejecutar”. Esa ausencia de moralina le permite explorar fisuras psíquicas que el cine ‘de heroína’ le niega: narcisismo, deseo de aniquilar, placer por el daño. Lo que otros llaman maldad, ella lo llama “geografía emocional virgen”.

Pero hay un detalle: la villana no nace mala, se construye a sí misma en cada escena. Thurman se zambulle en el pasado del personaje hasta encontrar el punto exacto donde la víctima se volvió verdugo. “Si no hay herida, no hay monstruo”, resume. Ese trabajo de arqueología privada es lo que diferencia a la villana de cartón del icono que perdura en la memoria del espectador.

La heroína también puede sangrar

La heroína también puede sangrar

Detrás de la katana de Kill Bill hay una madre que perdió a su hija. Detrás de la coleta de Pulp Fiction hay una adicta que teme la vejez. Thurman insiste: el arco de la heroína le exige una doble vara: trascender el estereotipo sin perder empatía. Por eso rechaza guiones donde la ‘buena’ es un manifiesto con piernas. Prefiere las que dudan, las que mienten, las que se resbalan. “Si no hay grieta, no hay luz”, sentencia.

Esa exigencia la obliga a un ejercicio de introspección que describe como “doloroso y barato: sólo necesito una libreta y mis propias pesadillas”. Anota los miedos que comparte con el personaje, luego los confronta frente al espejo hasta que la distancia entre ella y la ficción se desvanece. El truco, cuenta, es no juzgar: “Cuando comprendes al monstruo, dejas de ser juez y te conviertes en cómplice”.

El oficio como viaje sin retorno

El oficio como viaje sin retorno

Tres décadas después de Las aventuras de Baron Munchausen, Thurman sigue buscando el papel que la asuste. “El miedo es la brújula”, dice. Por eso alterna blockbusters con películas de presupuesto que no alcanza para un vestuario. La estrategia es sencilla: cada proyecto debe ser un país desconocido. Si el guion no le produce insomnio, lo tira.

Esa lógica la ha mantenido viva en un mercado que desecha actrices tras los 45. Mientras otros se aferran a la nostalgia, ella negocia con plataformas de streaming que le ofrecen papeles de abuela asesina o presidenta corrupta. “No hay edad para la traición”, bromea. La clave, repite, es no repetirse: “Cuando te recuerdan por una sola imagen, es que te quedaste corta”.

La entrevista termina y Thurman se lleva el dedo índice a los labios, como si guardara un secreto: “El próximo personaje que interprete será peor que los anteriores. Lo prometo”. No pide aplausos; exige vigilancia. Porque la actriz que se atrevió a matar a Bill sabe que la verdadera libertad no está en ganar, sino en retener el derecho a sorprender. Y ahí, en ese susurro de malicia, se esconde la razón por la que seguiremos mirándola.