Worthington desvela cómo avatar le salvó de dormir en su coche y por qué rechaza ser un súper héroe
Sam Worthington aún huele a azufre. No del estreno de Avatar: Fuego y Ceniza, sino de esa época en que sobrevivía en un Honda oxidado estacionado en Los Ángeles. Tenía 29 años, dos mudos de ropa y la licencia de conducir caducada. La llamada de James Cameron llegó cuando el parabrisas estaba cubierto de multas. «Si alguien me hubiera dicho que iba a protagonizar la película más taquillera de la historia, me habría partido de risa. No tenía puto sentido», me confiesa desde una suite de Denver con vista a la nieve que cae en tiempo real.
La conversación dura 47 minutos. En 42 de ellos habla de deudas, de miedo y de cómo el éxito le puso un vodka en la mano derecha y un guion en la izquierda. La prensa británica lo ha retratado como el australiano que se hizo millonario y se compró una isla. Lo que omiten es que la isla era virtual y el activo más valioso seguía siendo su capacidad para llorar bajo el agua sin que se le saltara la lentilla.
El pueblo de la ceniza: cuando pandora se vuelve espejo
La nueva entrega de la saga —que llega a los cines en diciembre— introduce a los Na’vi del Ash, una tribu que vive entre lava y resentimiento. Worthington frunce el ceño: «No son villanos, son la consecuencia de lo que hicimos los humanos. Son el espejo que Cameron nos pone delante para que veamos la cicatriz». Las grabaciones se hicieron a 2.800 metros de altitud, sobre un volcán hawaiano que aún respira. «Un día el suelo tembló y Jim no paró de rodar. Dijo que era la geología improvisando. Yo solo pensaba en que mis pulmones iban a colapsar antes que la cámara».
Lo que nadie cuenta es que el rodaje se convirtió en terapia de grupo. Los actores llegaban al set con sus traumas encima como mochilas de plomo. Zoe Saldaña lloraba entre take y take por su reciente divorcio. Sigourney Weaver se planteaba retirarse. Y él, Sam, llevaba tres años sobrio, pero el olor a azufre le recordaba al vodka barato. «Jim lo olía. Un día me agarró del hombro y me dijo: “Tu personaje está vivo cuando dejas de actuar y empezas a sangrar”». Ese día grabaron la escena del fuego sin dobles. Las quemaduras de segundo grado aún le dejan manchas cuando se ducha.
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El plan que nunca existió y el miedo a planificar
La carrera de Worthington parece un GPS roto: Terminator Salvation, Clash of the Titans, El juego de Ender, luego un papel sin nombre en una serie escocesa de bajo presupuesto. «La gente me pregunta cuál es la estrategia. Les gustaría que respondiera con alguna teoría de Harvard, pero la verdad es que acepto lo que me da la gana. A veces es un cheque. A veces es un personaje que no tiene ni página en el guion». Lo que nadie se espera es que defienda esos papeles secundarios con la misma vehemencia que un Oscar. «Están los que me dejan improvisar. David Mackenzie me dio un personaje que solo decía “¿Dónde está el coche?”. Al final inventamos un backstory de padre ausente y salió un cortometraje dentro del filme. Eso es más arte que cualquier superproducción».
La frase le sale tan natural que parece ensayada, pero luego vacila. «Claro, hay meses en que el agente me llama y me dice: “¿Te das cuenta de que podrías haber ganado 20 millones con una sola firma?”». Worthington se ríne con una risa que suena a tos. «Le respondo que ya dormí en un coche y que no pienso hacerlo en una mansión vacía».
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La religión del set y el infierno personal
En 2014 su hija mayor nació con un problema cardíaco. Ese mismo año se le murió un hermano en Perth. Empezó a beber antes del desayuno. «El vodka me sabía a gloria, pero la gloria se volvió náusea». Su mujer, Lara, le planteó un ultimátum: «O vas a rehabilitación o te quedas con tu Oscar invisible». Se internó en una clínica de Utah donde le prohibieron ver sus propias películas. «Veía a los otros pacientes llorando con Avatar y pensaba: “Ese soy yo, pero no puedo decirlo”». Salió después de tres meses y se tatuó en el antebrazo la cita de Job 1:21. «Me lo cobró un tipógrafo chileno que ni sabía quién era. Me dijo: “Esta frase es más fuerte que cualquier blockbuster”».
Ahora, a meses de cumplir 50, ha empezado a rechazar papeles de superhéroe. «Marvel me llamó para ser un villano cósmico. Les dije que mi superpoder era llegar a casa a cenar con mis hijos». Tiene dos proyectos en el aire: Zero AD, sobre la matanza de los inocentes, rodada en Malta con un presupuesto que no alcanza al catering de Avatar, y The Exiles, un thriller de gánsters en Taiwán donde habla mandarín con acento australiano. «Aprendí el idiomo fonéticamente, como cuando aprendía a llorar bajo el agua. Al final el doblaje se queda con tu voz, pero la vergüenza es tuya».
Cuando le pregunto por el legado, se quita la chaqueta y enseña el tatuaje. «Esto es lo único que no me pueden quitar. Ni el Oscar, ni la taquilla, ni el vodka». La entrevista termina y la nieve sigue cayendo. Worthington se para en la ventana, se toca el cristal y susurra: «Mira, Conchi, eso es Pandora. Fría, inhóspita, y aún así la seguimos queriendo. Como la fama. Como el miedo. Como la vida».